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Pregón de Semana Santa de Granada 2003, pronunciado por Don Jorge de la Chica Roldán

Pregón de Semana Santa de Granada 2003
Pronunciado por: Don Jorge de la Chica Roldán

Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.

Granada, por los ínclitos Reyes Católicos, Doña Isabel I de Castilla y Don Fernando V el de Aragón, porque ellos te recristianizaron.

Granada, por Mohamed V Sultán de tu Reino y por el Visir judío Samuel Ibn Nagrela, que al promover el patio del Palacio de los Leones, inspiraron el más grandioso trono para que la Virgen de las Angustias recorriera tus calles y plazas en Semana Santa.

Granada, por San Juan de Dios, tu Copatrón y el padre de los pobres y necesitados, los más bienaventurados porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Un vencejo ha abandonado las ramas de un viejo olmo de la montaña de la Sabika para posarse en los tilos de Bibarrambla, aquellos que cantara Elena Martín Vivaldi, mientras muy cerca Juan Alfonso García templa los grandes órganos barrocos de la Catedral para el Domingo próximo, que es el de Ramos, a base de las anotaciones pautadas de Valentín Ruiz Aznar, y un ilustre abogado que viene de una palacete de la calle Puentezuelas, va a la Real Chancillería, cruzando la Plaza. Es José Gómez Sánchez Reina. En su carpeta de piel gastada y negra se confunden documentos timbrados de validez jurídica, con las convocatorias de un triduo, varias papeletas de sitio y otros papeles cofrades. Luego a la tarde, Domingo Sánchez Mesa sigue tallando la madera, modelando barro y trazando bocetos en su estudio de la calle Ánimas, muy cerca de la Cuesta de los Gomérez donde los Moreno cincelan la plata, mientras en el Albayzín, Nicolás Prados López última alguna restauración en sus elegantes pasos dorados y por la Plaza de los Campos, donde hubo noviciado de dominicos, unos jóvenes ensayan marchas de procesión a golpe destemplado de tambor y tañer de chirimías en sus cornetas, todos bajo las órdenes de Pepe Cantero, que no sabe todavía que la vida le depara gloria en los escenarios del teatro, el cine y la televisión, y entre los jóvenes, uno muy niño que con el tiempo llegará a ser de los más grandes cornetines de todos los tiempos, José María Ripoll.

Podrán variar los actores, incluso venir compañías extranjeras, pero siempre será misma historia, la de la Pasión, Muerte y Resurrección del Mesías, cuya consumación cambió el rumbo de la vida, según la cuenta Granada. La misma historia que contaban severas cofradías de penitencia y sangre allá por el siglo XVI, la misma que vino a contemplar a la capital de este viejo Reino el monarca Felipe IV en el XVII. El mismo relato que vestían los granadinos de centurias romanas y chías lastimeras en el XVIII, y que no pudieron desterrar de forma total en el XIX, ni la "francesada", ni las desamortizaciones, ni tampoco la Gloriosa. La misma historia en suma, que en el cercano siglo XX supo modernizarse y no sucumbir a las tentaciones irreligiosas que con tanta fuerza corroen a nuestra sociedad.

Podrán variar los actores, pero siempre será la misma historia contada en la Granada eterna. Unas veces Manuel Valdés ensamblará la Urna Fúnebre para el Santo Entierro y otras Risueño sorprenderá con sus dolorosas. En ocasiones cantará por saetas María la Gazpacha desde el cubo de la Alhambra al paso de las procesiones, y otras veces bandas de músicos penitentes anunciarán la llegada de un cortejo. Pero la historia siempre será la misma.

Será la Semana Santa según Granada, un acontecimiento único, excepcional, que no resiste parangón alguno que pueda comparársele; porque ni siquiera la ceremoniosa Roma vaticana con su liturgia presidida por el Sumo Pontífice, puede alcanzar la emoción que provoca el paso por la Carrera del Darro del Cristo del Silencio o la emotividad del Viernes Santo a la Hora Nona en el Campo del Príncipe.

Y es que Granada, sería indefinible sin su Semana Santa, y permitidme que os diga, que difícilmente podría comprender, al menos este Pregonero, una Semana Santa sin su Granada. Podrá haber emulaciones acertadas, deslumbrantes exhibiciones, regias y áulicas representaciones. Podrán también en otros lugares conjurarse multitudinarias masas de espectadores y los mismos sentimientos profundos, pero nunca será junto a la belleza inmensa de esta heroica, grande, nombrada y celebérrima Granada, piadosa y mariana, pasionista y eucarística, devota y católica, imperial y cristiana, ciudad de mártires y sabios, de filósofos y teólogos, de escultores, tallistas, músicos, costaleros y capataces, penitentes y albaceas, la patria de Federico, la morada fecunda de Falla, la escuela de Fray Luis, el solar de los Mena, la que adopta a los Mora y acoge a Siloé y Jacobo Florentino, la preferida de Sor Cristina de la Cruz y Arteaga, el remanso para la escritura de San Juan de la Cruz, la amada por Francisco de Paula Valladar, la inspiración del Padre Manjón, el estallido del genio final de Cano, la promotora inmaculista, morada de intelectuales, novelistas románticos, científicos del universo, la de los conventos y monasterios, la de las dos Basílicas menores y los tres ríos, esa Granada absolutamente ya indisoluble con su Semana Santa, con sus cascadas de fuego por Valparaiso para un Cristo de cuatro clavos, con su Salve Marinera de cada Miércoles Santo en la Plaza de Santo Domingo o con su campanitas de barro para anunciar la Resurrección en la mañana del Domingo de los facundillos.

Ilustrísimo Señor Administrador Apostólico,
Sr. Presidente de la Real Federación de Cofradías de Semana Santa,
Excelentísima e Ilustrísimas Autoridades,
Cofrades,
Hermanos todos en la Fe en Cristo Resucitado:

Hoy 9 de marzo de 2003 es el día más feliz de mi vida, junto a aquel todavía cercano en el tiempo, en que me nació mi hija Claudia. No habrá para mi más alta distinción ni mayor reconocimiento, que el que ahora se me otorga como Pregonero de la Semana Santa de Granada. Es por tanto ocioso mi agradecimiento hacia la Real Federación por haberme hecho tan feliz. Pero como el ocio entiendo que forma parte de la justicia, recibid señores federativos mi más considerada gratitud.

Cuando allá por 1936 el primer Pregonero de la Semana Santa granadina, nuestro inmortal Federico García Lorca se asomó a los micrófonos de la Unión Radio de Madrid con su pieza literaria de carácter oral, dijo que el melancólico y contemplativo tenían aquí en esta Ciudad de saetas eternas, el espacio idóneo para recrear los Misterios que protagonizó Jesucristo hace casi dos milenios. Y en efecto, Granada es el espacio idóneo para ambientar de la mejor manera posible la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Todavía recuerdo con orgullo cuando durante la preparación de mi viaje a Tierra Santa, el Rvdo. Padre D. Manuel Gómez Gutiérrez me dijo, con más de un centenar de peregrinaciones en sus anchas espaldas: " Para ti será muy fácil imaginar como es Jerusalén, ya que eres granadino. Es una ciudad antigua, amurallada y sobre un leve montículo, como el Albayzín. Junto a ella corre un arroyo, como el Darro, en cuyas márgenes hay horadadas algunas cuevas de significado místico, algo así como las del Sacromonte, y al otro lado del torrente, en una montaña de verdes bosques como los de la Alhambra, se alza una ciudadela monumental donde están otros escenarios de la Pasión de Cristo".

Y en efecto, cuando llegué por primera vez a Jerusalén, me acordé de las palabras de D. Manuel y pude comprobar que no había exagerado lo más mínimo. Allí me convencí, si es que me hacía falta, que en efecto, como decía Federico, el melancólico y el contemplativo, debe venir a Granada, junto a los muros de la Alhambra, a la sombra de la torre mocha y huérfana de la inmensa Catedral renacentista, a admirar como nacieron las escuelas escultóricas del barroco andaluz bajo las bóvedas de San Jerónimo, a pasear por la calle más bella de Europa, que es la Carrera del Darro, a llorar amores imposibles en el más romántico de los Jardines Españoles que es el de los Mártires, pero sobre todo, el melancólico y el contemplativo debe venir a Granada para ver su Semana Santa, un acontecimiento único y excepcional que sin embargo, paradoja que supera a todas las ciencias del lenguaje, cada año se repite.

Y así, apenas la Virgen de las Angustias ha recorrido las calles de Granada en el último domingo de septiembre, las cofradías comienzan a vivir con intensidad una Semana Santa más. Hubo quienes ni en verano pararon, que yo sé de cofradías que se convocan en un chiringuito junto al mar para reunirse y tener junta informal, de músicos que con el rigor del calor de julio afinan sus cornetas y templan sus tambores con la ilusión renovada de que llegue una nueva Cuaresma, o de cofrades que se llevan el ordenador de vacaciones para preparar sus estudios del año próximo. Nos tendrá por locos quienes no comprendan este bendito mundo de las hermandades. ¡Bendita locura!

Es la nuestra, una ilusión contenida durante el resto del año, con sus vísperas cuaresmales incluidas, para que el Viernes de Dolores, un curioso hormigueo comience a susurrarnos en el corazón. ¿Habéis visto que bonita está Granada al anochecer del Viernes de Dolores? En las calles, placetas, avenidas y plazas, por las cuestas y carriles, se palpa ya su Semana Santa.

El Realejo es un hervidero de Fe que late derramándose desde del Campo de Príncipe hacia sus cuatro puntos cardinales. Por el Albayzín un aroma a incienso entreabre los portones de los templos por sus quicios. En Plaza Nueva, el aire más fresco de Granada no se resiste a traernos los últimos sones de una Banda que viene abriendo calle por Elvira como heraldo de Pasión. Allá en el Zaidín los niños juegan a pasos y tambores, y por la Circunvalación cruzan Granada los sones de los últimos ensayos de los sacrificados músicos de la intemperie.

Casi es Semana Santa en Granada y se contienen las primeras lágrimas que se derramarán el Domingo de Ramos cuando salga la Boriquilla y una atronadora salva de aplausos entusiastas y nerviosos, saluden la aparición de la Cruz Guía plateada de forman troncales y casi leñosas que abre el cortejo antecediendo a los niños hebreos. Jesús subido sobre el jumento, comienza a bendecir con su diestra a todos, a los creyentes que rezan, a los escépticos que sencillamente contemplan y al melancólico que medita.

Y por aparente casualidad, tras la Borriquilla, tras el principio definitivo del comienzo de ocho días de fe, arte y devoción, la Virgen de la Paz, todo un mensaje para que reflexionemos sobre la maldad de un ser humano, que pese a su aparente inteligencia, la misma que le lleva a poder descifrar los grandes misterios de la biología y de la química, no ha sido capaz todavía de vivir sin violencia.

Pero el Domingo de Ramos de Granada, aún nos depara más sorpresas; sorpresas incluso para los que lo vemos año tras año, porque de Santo Domingo, va a partir el más asombroso paso de misterio creado por un artista, el de la Santa Cena, la sublime y magistral obra de Eduardo Espinosa Cuadros.

El mismo imaginero, ya lo saben mis queridos cofrades, talló a la titular mariana que acompaña a la Santa Cena, la Virgen de la Victoria, a la que desde este mismo atril del Pregón de la Semana Santa, cantó de esta forma en 1953 D. José Gómez Sánchez Reina:

"A la Plaza del Realejo,
la plaza de los cantares,
cuando el Domingo de Ramos
la Virgen sale a la calle.
¡La Virgen de la Victoria,
blanca como los azahares
bajo su paso de palio
como una pluma en el aire!
¡Mira que cara la tuya!
¡Mira que manos de ángel!
¡Mira que novia más bonita
bajada de los altares!
¡Mira ese palio de seda
que bordaron cien dedales,
en la colmena de un claustro
con hilos de soledades!

José Gómez Sánchez-Reina

Piropos para una Virgen Reina y Madre, nuestra Reina y nuestra Madre. Hermosos y valientes piropos los de aquellos versos de hace medio siglo y que hoy pronunciados por la voz de este enamorado que os habla, nos descubren que todavía tienen vigencia. ¿No es eso acaso un clásico?

El cofrade, el espectador, el turista, trata de acomodar horarios y poder ver salir a la Santa Cena desde Santo Domingo y llegar a tiempo para asistir a la conversión del atrio de San Pedro, en el estrado del Palacio de Pilato, pudiendo contemplar así la escena de la Sentencia de Cristo, en la que no faltará ni un detalle. Allí está el gesto adusto del patrocinado del Emperador, el desconsuelo de su esposa Claudia Crópula, el escriba, el sanedrita, los soldados, el esclavo con su palangana para que Pilato se lave las manos y en el centro de la representación Jesús maniatado, azotado, coronado de espinas y cubierto de clámide púrpura. Pero faltaría algo en la escena si nosotros no estuviéramos allí. El paso de las Sentencia nos invita a ser figuras vivientes de la pasión o acaso no somos nosotros aquel pueblo encolerizado que gritaba al Procurador ¡Crucifícale, Crucifícale! Nosotros somos la turba excitada por los príncipes de los sacerdotes. Y permitidme que os diga, que no sólo lo somos en esta representación figurada, sino de forma real y verdadera, consciente y pecaminosa, cada vez que no amamos al prójimo como a nosotros mismos.

Creo que es casi una barbaridad el que hoy mismo estemos aquí, auto complaciéndonos de nosotros mismos, mientras la mayoría de los seres humanos, de nuestros hermanos, lo pasan tan mal que no tienen ni que comer. Mientras escribía este Pregón en la pasada Navidad, no dejaba de retumbarme en mis oídos la frase de Fray Carlos, un capuchino del Triunfo que me dijo: "Sólo unos pocos privilegiados comemos todos los días". Y si echamos cuentas y números es verdad.

Pero ese sonido que retumbaba en mi cabeza, me animó más a estar aquí, porque yo proclamo que las obras asistenciales de las cofradías de Granada, no son sólo muy importantes, sino que cada día lo serán más. La caridad, que como dijo otro pregonero es palabra más cristiana que la solidaridad, se está convirtiendo en una actividad primordial de nuestra hermandades, y yo, como uno más de sus miembros me siento orgulloso de ello, pero como vosotros, sigo sin manifestarme satisfecho, hasta que no hayamos hecho todo lo posible por evitar que en este mundo existan seres humanos que pasen necesidades.

Precisamente el hábito capuchino de Fray Carlos, ese marrón de blanco cíngulo, fue el que inspiró los colores de los penitentes que acompañan a Nuestro Padre Jesús Cautivo y a María Santísima de la Encarnación, soberana Señora bajo cuya advocación está la Metrópolis Católica de Granada a través de su Iglesia Catedral. Y del frontero Sagrario junto a la Catedral, ante la mirada inteligente del gran Alonso Cano, el Teólogo del Arte, como lo ha llamado el Profesor Martínez Medina, parte la Cofradía que rinde cultos a estos dos titulares.

Conmueve el cadencioso movimiento de las filigranas del palio de la Encarnación avanzando por entre la marea humana que abre calle a su caminar tras su hijo sólo y Cautivo, cubierto por una sencilla túnica blanca a la que cada soplo de viento hace aletear con una viveza real y barroca, de pliegues siempre distintos a cada paso, a cada golpe de aire, a cada rayo de luz.

El Cautivo y la Encarnación, dos nombre que suenan rotundos, profundos, granadinísimos y cofrades, cristianos y marianos, capaces de levantar pasiones, desatar llamas de amor y despertarnos los sentidos más íntimos, las sensaciones más excitantes, los "quejíos" más hirientes de una saeta por seguidillas, lanzados al fresco aliento de la noche del Domingo de Ramos, al que todavía le queda una Cofradía por contemplar, la de Jesús Despojado de sus Vestiduras, la más joven de cuantas conforman la Real Federación que nos convoca aquí en este primer domingo de Cuaresma.

Fue el trece de mayo de 1986, cuando un grupo de jóvenes se reunieron, rezaron el Santo Rosario y fundaron una Cofradía, a la que pusieron por nombre el de Jesús Despojado de sus Vestiduras, María Santísima del Dulce Nombre y San Juan Evangelista. Y buscándole trono a su Señor, soñaron con inspirarse en la Cartuja granadina para hacerle respiraderos y canasto. Pero no eran más que un grupo de jóvenes, que por no tener, carecían hasta de templo para guarecerse.

Aquellos jóvenes, casi niños fueron de sitio en lugar para que alguien les acogiera, hasta que un sacerdote llamado D. Jesús Blanco, tan buen sacerdote como persona y periodista, les dio albergue en la parroquial de San Emilio.

La celebración de la Semana Santa en su concepción actual, en Granada y en el resto del orbe cofrade, es relativamente reciente. Antaño estas celebraciones se circunscribían al Domingo de Ramos, Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección. Con el paso del tiempo se han ido incorporando otras jornadas, siendo la de más reciente aparición en la programación de horarios e itinerarios, la del Lunes Santo que se inauguró en 1927 con la primera salida de la Cofradía del Rescate, fundada dos años antes, y que por entonces se llamó del Prendimiento. Setenta y seis años habrán transcurrido esta Semana Santa desde aquel acontecimiento que protagonizó la Cofradía de la Parroquia de la Magdalena. Hermandad de acentuada personalidad, con hábitos del terciopelo de rojo cardenal, antifaz de raso escarlata, cinturón de muaré de color oro viejo, a juego con las elegantes capas adamascadas y doradas de los cargos, vistosa combinación de colores de acertadas pátinas y texturas, galas para un Lunes Santo, galas para el Nuestro Padre Jesús del Rescate, devoto entre los devotos iconos que de Cristo tiene Granada, soberbia escultura de un Mora, personalizada por el cabello trazado por Navas Parejo y regalada de túnicas de rancias evocaciones históricas, como la de los castillos y los leones o la de los trazos persas que vino desde Valencia en el más puro estilo "juanmanuelino"; túnicas de cola, túnicas rasas sin bordado, y sobre ellas un escapulario decimonónico donado por la Orden Trinitaria, impulsora del tipo iconográfico representado por el Rescate y de las cofradías de su advocación.

Pero no se agota aquí el Lunes Santo granadino, un día joven de vivencias cofrades, pero de los de mayor esplendor. Cuando se quiere comenzar a anunciar la tarde por la serranía de Parapanda, desde la Parroquial del Corpus Christi, la más antigua del joven barrio del Zaidín, parte la Hermandad del Trabajo y la Luz, Venerable corporación cuyo primer titular se inspira en el granadinísimo Cristo del Paño de Moclín.

El paradigma del barrio cofrade se congrega en punto en cada lugar de su itinerario zaidinero. Promesas de largo caminar y devotos rezos con zapatillas costaleras que surca un recorrido que acaso es el más dilatado del trazado federativo. Y tras el Santísimo Cristo del Trabajo, bajo palio de filigranas y brillantes destellos de plata, la Virgen de la Luz, mecida en el regazo de la Fe de un barrio que año tras año, durante todos los días de cada mes del año, da lecciones de piedad y devoción popular. Si no me creéis, contempladlo por vuestros propios ojos. Escoged cualquier día, si queréis el menos cofrade del calendario, y marchad hasta el templo donde reside esta Cofradía. Elegid si lo deseáis, la más inhóspita de la horas, si es verano cuando más apriete el calor, si es otoño, en el momento en que el viento y la lluvia azoten con más inoportunidad la jornada, si es primavera, el instante en que la tormenta invite a buscar refugio, y si es invierno, cuando con mayor crudeza se marquen los contornos helados del aire de Granada. Id cualquier día del año a cualquier hora allí, acercaos a las capillas del Cristo del Trabajo y de Nuestra Señora de la Luz, y siempre encontraréis, sin necesidad de cita previa ni anuncio de convocatoria, a unos vecinos granadinos del Zaidín, rezándole a sus titulares. ¿No es eso Semana Santa todo el año? ¿No merece tamaña devoción ser distinguida alguna vez con la imposición solemne de una regia filigrana en la testa inmaculada de la Señora para distinguirla como canónicamente coronada?

Pero el Lunes Santo granadino, viste más dolorosas que esperan algún día y con razón, el momento de ser canónicamente coronadas. Los hermanos de la Cofradía de la Oración en el Huerto, sueñan con que llegue también ese día de la coronación para su Madre de la Amargura. Un hermoso pedestal de barroquísimas líneas grabadas en la madera, sustenta el misterio moderno de la Oración en el Huerto de Nuestro Señor, heredero de aquel otro que se procesionó hasta principios del siglo pasado y que hoy reside en una capilla de la Iglesia de San Antón. Pero es la misma escena, Jesús cae de rodillas, en el doloroso trance, el hecho mas inimaginable de todo el Nuevo Testamento como lo definió el Padre Manuel Gómez, quien añadió que nos espantaría adentrarnos en los horrores que atormentaron su alma en aquella trágica hora. Merecería la pena que los cofrades profundizáramos en el misterio de la Oración en el Huerto con la ayuda de un orador teológico. Pero a este pobre Pregonero, lo que siempre le ha llamado la atención de la escena tallada por Domingo Sánchez Mesa, no ha sido ni la belleza asexuada del ángel que acude a confortar a Jesús, ni el gesto dulcísimo del rostro del Señor del Huerto, ni siquiera el realismo naturalista de ese olivo que cada año, recién arrancado de la faz de la tierra, se instala sobre el paso. A mi, y permitidme que hable ahora en primera persona, siempre me han conmovido los tres apóstoles dormidos, San Pedro, el primer Papa de la historia, Santiago, el que con el tiempo sería "Patrón de las Españas", y San Juan, el discípulo predilecto de Jesús. Ellos tres, no fueron capaces ni de velar una hora con Cristo. ¡Cuan frágil es la naturaleza humana, que ni ellos pudieron perseverar en una hora de Oración en el Huerto de los Olivos!

Las Madres Comendadoras se asoman por las celosías que desde el Convento permiten contemplar el interior del angosto compás del Real Monasterio donde tiene su sede canónica la Cofradía del Huerto y la Amargura. La comitiva se pone en movimiento del Realejo a Granada, de Granada a su Catedral, y de su Catedral, de nuevo a su templo, donde la voz de una saeta de los Morente, aguarda escondida y oculta en un balcón asomado al siempre muy concurrido camino de vuelta.

Noche de emociones la del Lunes Santo granadino. Desde el Monasterio de contemplativas del Santo Ángel, habrá también partido una comitiva severa, asombrosa, austera, la del Cristo de San Agustín, el Sagrado Protector de la Ciudad de Granada. El agudo y cadenciosamente acompasado son de un ritmo lento, muy lento, de un muñidor, anuncia la llegada de penitentes enlutados, con la cruz de roja de Jerusalén sobre el pecho bordada en su oscuro capillo. El rezo hecho procesión desfila por las calles de Granada al paso de esta antigua Cofradía a la que no le faltaron devotos ni entre la realeza, ni entre las altas dignidades eclesiástica. Isabel II se postró a sus pies y el Arzobispo Salvador José de Reyes, decidió ser su Hermano Mayor.

El Cristo de San Agustín, representación imaginera de un cuerpo dolorido y transido de sufrimiento, mortecino, cadavérico, asombrosamente real, excepcionalmente conmovedor. El impresionante gesto de su rostro, la crudeza de la yaga de su costado derecho, la tirantez anatómica de su postura, la policromía remarcada de sus latigazos, el deslumbrante destello de su cruz de plata, la mortecina luz de sus hachones, la espeluznante caída de su pelo, pero sobre todo y por encima de todas las cosas, su mensaje: "ama al prójimo como a ti mismo". Porque no estaríamos asistiendo más que a un elocuente espectáculo escenográfico y a una muestra museística de primer orden, sino fuéramos capaces de saber qué es lo que quiere decir todo esto.

Las cofradías, todas, y San Agustín es un ejemplo de ello, no salen a la calle sólo para recrear una historia que pasó hace casi dos mil años, ni para cumplir con un rito y una tradición centenaria; las cofradías salen a la calle, para dar testimonio publico de su Fe en el mensaje evangélico.

Las cofradías, todas son, y San Agustín lo es, un regalo divino, para que utilizando medios de expresión de un hondo calado emocional y tremendamente eficaces, podamos pregonar a las cuatro puntos cardinales de Granada nuestro Credo y nuestro compromiso cristiano. Sólo así tienen sentido.

Después de que el Presidente de la Real Federación, D. Gerardo Sabador Medina, me comunicara la buena nueva de mi nombramiento como Pregonero, el primer acto cofrade al que asistí fue precisamente un besamanos a la Virgen de la Consolación, la titular mariana de la Cofradía del Cristo de San Agustín, que espera desde 1991 a que la saquen en procesión por las calles de Granada, para lo que antes deben hacerle trono digno a tan soberana madre. Allí, mientras departía con el Pregonero de la Semana Santa de 2002, Miguel Luis López Guadalupe Muñoz, aquel que dijo que la bolsa de caridad ya se le antojaba pequeña y que posiblemente había llegado el momento del voluntariado social, se me acercó otro gran amigo cofrade, el profesor Jesús Juan Gómez, nuestro experto en la ciencia heráldica, el que nos explica los cuarteles, los campos de gules, las puntas y las flechas, los abismos y las cruces radiantes, los acamados en realce y la pica colocada en souter. Me vio, me saludó, abrió su cartera, y cuando yo imaginaba que me iba a dar algún apunte sobre su último estudio de los escudos, las medallas y el arte, sacó una pequeña estampa para que me ayudara en la redacción de este Pregón. Era la Virgen de las Dolores, la que sola se basta para dar nombre a la Cofradía granadina con cuya cita, cierro el ciclo de las cinco del Lunes Santo.

El recuerdo del Tercio del Requeté de la Reina Isabel la Católica, es hoy esta corporación, ya sin adscripción literal a aquel grupo de carlistas granadinos que decidieron fundar una Cofradía, posiblemente sin saber que ello les perpetuaría más allá de los libros de historias bélicas. No queda ya ningún requeté fundador vivo. El año pasado nos dejó el último, Pedro Gómez Sierra, precisamente el padre de Jesús Juan, quien me contó como murió cristianamente, recibida la unción de enfermos, con el rosario en su mano y una pequeña Inmaculada ante sus ojos.

Las cruces bermellonas de San Andrés, con tres clavos negros, fijadas a sus banderas blancas, el gran estandarte que casi parece una henchida vela marinera de un bergantín que quiere surcar el río que dio oro, el siempre profundo color salmón que domina su palio, el nudo abacial que sujeta sus hábitos en la cintura, la marcha que le escribiera el Maestro Francisco Higuero, su crepuscular avance por la Carrera del Darro, y volvedme a permitir una evocación personal, la primera procesión que guardo en mis recuerdos de niño, tal vez impresionado porque salía entonces del mismo Convento donde pasó enclaustrada casi toda su vida según la severa regla del Cister mi tía abuela Antonia de la Chica García, poeta tan enamorada de Cristo que primero lo tomó por novio y luego se casó con Él, como se matrimonian las religiosas de los conventos de clausura, a las que tanto apreciamos nosotros los cofrades.

No sé si por esta u otras circunstancias, siempre me ha producido especial emoción la Virgen de los Dolores, tan granadina en su gesto de manos entrelazadas, tan reverenciada por sus cofrades, tan bella en sus facciones, tan recogida en su expresión, tan aliñada en su ajuar, tan primorosa y auténtica en sus rostrillos, con media luna apocalíptica a sus pies y trío de clavos plateados entre sus manos, tan modelo de entrega a Dios, tan digna de veneración, que se me antojan escasas las letanías lauretanas para poder piropearte y hasta el mismo cielo de Granada me parecería pobre palio con el que cubrirte. Para el Martes Santo Granada guarda una Soledad en Santo Domingo, una Esperanza en Santa Ana, una Caridad en el Zaidín y un Vía-Crucis en el Bajo Albayzín. Para el Martes Santo guarda Granada, la Humildad de Cristo, el Gran Poder soberano de Jesús, el dibujo de la escena de la Sagrada Lanzada y la imponente taracea con la que carga el Señor de la Amargura. Cuatro cofradías, cuatro procesiones, ocho pasos, un par por cortejo.

De la Parroquia de los Dolores, mirando a la espacial arquitectura de futuro que es el Parque de las Ciencias, símbolo de una ciudad que no quiere esconderse del presente, parte la Cofradía del Cristo de la Lanzada y la Virgen de la Caridad. Antonio Barbero Gor entró definitivamente a formar parte de los privilegiados por la mano de Dios en la imaginería religiosa contemporánea, el día que por inspiración del Altísimo, - no pudo ser de otra forma - , concibió al crucificado de esta Hermandad, y Miguel Zúñiga no pudo encontrar mejor destino para su dolorosa de finas encarnaduras que es la Virgen de la Caridad.

El gesto adusto de robusta barba apenas marcada de Longinos, se muestra recio, mientras sostiene en su mano derecha la lanza hiriente y ensangrentada que acaba de clavar en el costado de Cristo. Por delante de la comitiva una pesada cruz de trabajos moriscos cristianizados por cartujanos, marca el camino de las filas de penitentes y mantillas, entremezclados de insignias, mayordomos y diputados. Cuentan que Longinos acabó sus días convertido al cristianismo, hay quien mantiene que incluso murió sinceramente convertido, luego de haber propagado la Fe en Aquel mismo cuya muerte en la Cruz el quiso certificar, para que nadie dudara al rezar la duodécima y antepenúltima estación del Santo Vía-Crucis, piadosa oración que allá por otros siglos llenó Granada de itinerarios de cruces y que hoy da nombre a otra Hermandad del Martes Santo, a una itinerante Cofradía nazarena y albaycinera, repleta de tesoros espirituales y artísticos. O no es un tesoro para la espiritualidad y el arte la única pintura de tema religioso de Gabriel Morcillo, que fue de los pocos enseres que se salvaron del atentando iconoclasta que sufrió esta Hermandad del Vía-Crucis mientras residía en el Salvador. O no es un tesoro para el orante, el rostro penetrante de Jesús de la Amargura, emparentado con lo más profundo del nuestro barroco, o las anatomías delicadas y exactas de sus pies y manos. O no son un tesoro de sencillez y buen gusto sus farolillos acristalados de multiformes cruces y variados tamaños. Y sobre todo, no es un tesoro del destino, que la Cofradía se haya repuesto a tantas y tantas vicisitudes, como la última: no tener sede habilitada desde hace años, o casi lo mismo, tenerla en una restauración interminable.

Llegará el día, y yo quiero verlo, llegará porque es de justicia, que la Cofradía del Vía-Crucis, deje de estar sometida por un tiempo suficiente, a los continuos zarandeos que los acontecimientos externos le han ido deparando, rindiendo sus cultos en capilla generosamente prestada y que le permite no abandonar su barrio cada vez menos cristianizado y por tanto más necesitado de cofradías que ningún otro. Pero mientras, la Hermandad se sigue curtiendo, más sólida que una roca, más "bien plantá" que un gastador en un desfile y más bella que una rima de Bécquer.

Hoy como ayer, mañana como hoy
¡y siempre igual!

Y es que el tiempo aparece detenido por extraño arte al ver pasar al Vía-Crucis, con su recompuesto paso de madera en pan de oro para el Señor de la Amargura, avanzando por entre el serpentear de San Juan de los Reyes, de viejos adoquines gastados y escondiendo un mirador en cada esquina, mientras en la revuelta, al compás de una mecía para la Virgen de los Reyes, la primorosa y jonda voz de Marina Heredia se desata entonando una saeta.

Hoy como ayer, mañana como hoy
¡y siempre igual!

Porque la esencia es siempre la misma.

Apenas pasa por Plaza Nueva el Vía-Crucis, cuando los goznes centenarios de Santa Ana, la parroquia rematada por el yamud de una vieja mezquita que corona la esbelta silueta de la torre mudéjar tantas veces retratada por fotógrafos y pintores, abren el portalón del templo donde vive la Esperanza, la que fuera Virgen de las Tres Necesidades que hiciera para ser procesionada en Semana Santa aquel cofrade de pro que se llamó José Risueño. Los altos del Pilar del Toro, son improvisada tribuna de privilegiados pacientes que tomaron con tiempo de antelación su sitio.

El Gran Poder Soberano de Cristo avanza con poderosa zancada por entre la multitud expectante mientras una candelería reluce en el interior del templo sobre el rostro de la Esperanza de Granada.¿Habrá dolorosa más transida de dolor? ¿Habrá algún artista en el mundo que siquiera haya igualado la emocionada expresión del rostro de la Esperanza de Granada?

De piropos laten los corazones que en tu cara se fijen. Ya sueñan los saeteros con coronarte. Huérfana se queda Santa Ana cada vez que te procesionan. Reina de todos los santos, Rosa escogida, Madre de la Esperanza.

La primera de las tres salidas procesionales que durante la Semana Santa realiza de la Cofradía de la Soledad de Santo Domingo, culmina las estaciones de penitencia del Martes Santo en Granada. En ella se muestran el Misterio de la Humildad y la Soledad de María al pie de la Cruz, un repaso antológico por la imaginería granadina desde el barroco hipernaturalista de los Mora en el Cristo de la Humildad al que el pueblo llama de la Cañilla, hasta la última generación de maestros escultores de la madera con Ángel Asenjo Fenoy terminando el misterio que iniciara el gran Espinosa Cuadros en la primera mitad del siglo pasado, sin olvidar el neoclasicismo procesionado de Manuel González. Pocas cofradías podrán presumir de disponer de un patrimonio de esta categoría y pocas también podrán contar tanto trasiego a lo largo de una Semana Santa. El Martes a la Carrera Oficial con la Misterio y la Virgen, el Viernes al Campo del Príncipe a la Hora Nona con María, la dicha sola en su Soledad, y el Domingo de Resurrección de nuevo a la calle para la exultante alegría de la Resurrección en torno al Dulce Nombre y sus facundillos.

El agridulce sabor que tiene el cofrade desde el mismo Domingo de Ramos, cuando la evidencia comienza a poner de manifiesto con el paso de ese elemento de incesante consumo que es el tiempo, que lo que había esperado durante todo el año está empezando a acabarse, se acentúa todavía más al llegar el Miércoles Santo. Es uno más de los tópicos reales de la vida; también de la vida de un cofrade. Pero por otra parte habrá sido de máxima expectación para los hermanos de las cinco cofradías convocadas a su estación penitencial, la Universitaria de la Iglesia de los Santos Justo y Pastor, el Nazareno de las Descalzas, las Penas imperiales de San Matías, el Rosario en sus Misterios Dolorosos que este año 2003 conmemora el 75º aniversario de su fundación como filial de la centenaria Archicofradía de fundación Real, y la del Cristo del Consuelo, el de los Gitanos.

De cuantas cofradías configuran la nómina de las treinta y dos federadas, esta última, la de los Gitanos, es sin ningún género de dudas, la que ha dado una mayor proyección internacional a la Semana Santa de Granada, sin menoscabo del prestigio de las restantes. Baste con preguntar en cualquier oficina de turismo, qué es lo que más provoca interpelaciones de nuestros visitantes durante estos días, para conocer que el interés por la Cofradía del Consuelo y María Santísima del Sacromonte, supera con mucho cualquier otra expectativa. Y ese es un mérito irrenunciable que nadie puede negarle a la corporación de la Abadía.

Un Cristo de cuatro clavos, de compungido y a la vez apacible rostro, moldeado con una suavidad exquisita por el gran Risueño, y un palio de cobre para una Dolorosa capaz de haber truncado el neoclasicismo de su autor Manuel González, con una mirada implorante al universo celeste de Granada. Curro Albayzín se sube a una azotea de la más pinturera cueva, para cantarle a su Cristo, y de las zambras del mito y la leyenda, surgen voces roncas varoniles y asaetados quiebros agudos femeninos, para cantar por bulerías y soleares. El humo de las fogatas, envuelve una escena que bien mirada se acerca al surrealismo, pero que definitivamente entendida, es una forma absolutamente genuina, única y excepcional de hacer Semana Santa, que podrá sin duda depurarse, como todo en la vida, pero siempre con el cuidado preciso para que no se pierda un ápice siquiera de su estampa castiza y embriagadoramente hermosa.

¿Pero a donde irá ese día el melancólico y el contemplativo? ¿No podría sentirse turbado entre la muchedumbre que le pisa, el humo de las fogatas que le asfixia y la deslealtad de los irreverentes que no se puede erradicar de la masa? Pues al melancólico y al contemplativo, Granada también pone ese día un mirador para la procesión de los Gitanos, porque justo enfrente del Sacromonte, está el Cerro de Santa Elena, la pintoresca silla del Moro, y un poco más abajo el Camino y la Fuente del Avellano, palcos todos privilegiados para ver y oír la magia del Consuelo al que un ilustre Pregonero cantara así:

Estás mirando a Granada
desde ese Monte sagrado,
salvándonos con tu muerte,
y redimiendo los pecados.
Y Tú con tus cuatro clavos
que te han puestos unos bandidos
y te quitan los gitanos.
Están las sienes con sangre
y están desechas las manos,
rotas por el hierro sucio
que te hinca algún malvado.
Y Tu, con tus cuatro clavos
que te han puesto unos bandidos
y te quitan los gitanos.
¡Padre mío del Consuelo,
en la Cruz crucificado,
entre gritos y cantares
de un pueblo que te ha matado!
Y Tú, con tus cuatro clavos
que te han puesto unos bandidos
y te quitan los gitanos,
que te arrancan tus cofrades
y te alivian los hermanos
de una Hermandad agradecida
a un Cristo desconsolado.

José Luis Pérez Serrabona

Y hay al menos dos "granadas" el Miércoles Santo: la aquel que desde bien temprano se marchó al Sacromonte a tomar sitio entre la blanca cal de las cuevas para ver al Consuelo, y la del que prefiere el centro histórico por donde discurren el resto de las cofradías, aunque también alguno habrá quien por su ilusión y confianza en la fortaleza física, sea capaz de no entender los itinerarios como excluyentes.

Así, antes que ninguna otra, fue la Cofradía del Rosario. Granada con un pasado medieval donde los islámico cegó a lo románico, pasó directamente a la modernidad desde las refinadas cortes palaciegas, agotadas de tanto esplendor que protagonizaron los últimos nazaritas. Porque aquí en Granada, nació para el mundo el concepto moderno del Estado gracias al impulso de Fernando y sobre todo de la Reina Isabel, probablemente la mujer más importante del pasado milenio y a cuyo cuarto centenario el año que viene, espero que no llegue tarde Granada. Ellos, Isabel y Fernando, fueron allá por 1492 los primeros en inscribirse entre los hermanos de una Archicofradía del Rosario, que hace setenta y cinco años dio uno de sus frutos más fecundos con la creación de su Hermandad de Semana Santa.

Jesús en su Tercera Caída, al que antaño rindieron culto los cocheros, es hoy titular de esta Cofradía, que lo porta con garbo, gracia y costalería. José Carranza los manda. ¡Olé ahí ese arte, que si Dios buscara un trono, sobre él se subiría! Una corneta pica una marcha lenta, y un tambor marca el principio de la pieza. Las armonías sonoras se suceden y la cuadrilla no pierde el compás, lo recrea, lo reinventa, lo elevaba a la categoría suprema del arte costalero.

Y los doce varales del palio del rosario, tintinean cuentan a cuenta de cada uno de sus rosarios, mientras una banda marinera entona la Salve. Instante mágico, emocionante, intenso, vibrante. Fray Luis de Granada asiste con férreo gesto conmovido, desde su pedestal de piedra, y allá a muchos kilómetros ese cofrade que se nos fue en busca de otras tierras, mi querido amigo Rafael Castillo, no dejará de recordar aquella saeta que el mismo le escribiera.

Del Realejo eres la flor
de la Armada Capitana
y de Granada eres Reina
del Rosario Coronada.

Rafael Castillo Ruiz

Un altar de ángeles y querubines, iluminados por cuatro esbeltos faroles de plata, lleva a Jesús Nazareno por las calles de Granada la noche del Miércoles Santo. El desconchado y viejo arco moruno del Corral del Carbón te presta su contorno, para fundir en un solo fotograma el hoy y el ayer de esta tierra. Tus pies ensangrentados parecen regar el calvario rojo de claveles de primavera.

La Virgen de la Merced, sigue los pasos de su hijo camino del Gólgota. Palio inmaculado, trono plata y manto "coloaro". Las Carmelitas Descalzas velan la noche de tu regreso y un ramo de saetas alentadas por la garganta inquebrantable de Curro Andrés, se postra a tus pies soberanos. ¿Dónde tengo los piropos, dónde puedo escribir mi sentimiento? Ni los carteles de Juan Diaz Losada me servirían para declararte mi amor. ¡Bendita tu eres, Madre de la Merced, Madre del Salvador, Reina de los Profetas!

Unos metros más abajo, por San Matías, la espalda escarnecida que figurara Pablo de Rojas, ilustra la Paciencia de Cristo, mientras un acaudalado manto de hilos de oro, envuelve las Penas de María. La Cofradía Sacramental del Apóstol, con sus dos titulares de penitencia, acude fiel a su cita de cada Miércoles Santo, con el Cristo de la mirada llena de dulzura y los labios mudos y la Reina de las Reinas que dijera Francisco Gómez Montalvo.

No sería justo este Pregonero, si faltara al detalle de vanagloriarse de que el primer capataz de costaleros devocionales, que allá por 1978 se paseó por las calles de Granada, Eduardo García Román, sigue siendo el mismo que toca el martillo en el paso de la Paciencia, al que le cupo aquel alto honor de inaugurar una nueva era. Extraño pero plausible caso de fidelidad, tenacidad y devoción, que bien merece, cuanto menos el reconocimiento desde este atril.

Y como colofón a este Miércoles Santo, la Cofradía Universitaria. Tan extraña es Granada para sus cosas, que hubo de esperar a 1979 para que se fundara esta corporación, después de un intento casi baldío en la década de los cincuenta del siglo pasado. Cuatro instantes sobre trono para un cortejo. Cristo sobre paso de taracea, aguarda en el Monte de la Calavera el momento de ser clavado en la Cruz, es el Cristo de la Meditación. Un nazareno con la cruz invertida, es el Cristo del Encuentro. Un calvario con María, San Juan y la Magdalena, arropa al Cristo de la Sangre. Y una dolorosa de vestir, la póstuma obra de Aurelio López Azaustre, es la Virgen de los Remedios.

La centenaria institución académica, que lejos de perder atractivo, año tras año nos trae a más miles de alumnos desde cualquier lugar del mundo para estudiar en Granada, tiene en su Cofradía posiblemente el elemento más popular para el pueblo, y la Iglesia de esta diócesis, que por naturaleza propia debe evangelizar también entre la comunidad docente, administrativa y lectiva de la fundación carolina, tiene aquí un útil instrumento pastoral de gran relieve para lograr su objetivo.

Y así, derramando en inevitable agotamiento cada uno de los ocho días de esta Semana Santa, llega una de sus jornadas culminantes, el Jueves Santo, irremediablemente el gran día del Albayzín, el de los Salesianos y al surcar la barrera de las doce de la noche, el del Silencio. ¡Ahí es nada!

Desde muy temprano una Cofradía de capillos azules parte de la Capilla que los Padres Salesianos instalaron en 1977 en el barrio del Zaidín, treinta y un años después de su llegada a Granada, con la ayuda, de diversas familias granadinas, entre las que con orgullo puedo contar la mía.

Durante la redacción de este Pregón , me ha acompañado una vieja y extraordinaria foto, de aquellos primeros Salesianos, en la que no faltan mis tíos entre los primeros alumnos, y entre ellos un niño rubio de ojos claros que es hoy el gran ausente en esta sala: mi padre, al que Dios llamó demasiado pronto a su lado, en un acto de aparente crueldad que sólo él puede comprender y contra el que yo no tengo otro consuelo que el de revelarme, esperanzado, eso sí, en que me estará escuchando allá desde lo más alto; porque si este Pregonero se ha declarado para pronunciar esta alocución esencialmente como un enamorado de Granada, ese fue un legado de amor y de orgullo que yo le debo a mi padre y no podía pasar un momento más de mi intervención sin acordarme de él, en este mismo escenario al que por primera vez subí siendo muy niño de su mano, para conocer a mis ídolos de la música, cuyos festivales el mismo organizaba en inolvidables citas de literatura y música.

Corre el Pregonero el riesgo de ser excesivamente autobiográfico en su intervención y yo lo acabó de hacer siendo absolutamente consciente de ello, porque al referirme a la Cofradía de los Salesianos, ha venido inexcusablemente a mi recuerdo la imagen de quien hoy hubiera sido sin duda, el más severo y acertado crítico de mi intervención.

Pocas cofradías pueden haber reunido con tanto acierto dos advocaciones como esta de los Salesianos. La de la Redención, es decir la posibilidad de salvarnos de nuestros pecados, la misión de Cristo en la tierra, y la de la Salud. Encierra el término salud, dos aspectos consustanciales para la felicidad humana: salud de cuerpo y salud de espíritu. Son dos tareas que por extensión corresponden a toda la sociedad, más esta, consciente de su importancia, pone a cuerpos completos de profesionales dedicados a ello.

Para la salud del cuerpo están los sanitarios, a los que desde aquí me atrevo a reclamarles el máximo celo y la máxima diligencia para con su labor. No quiero abstraerme, porque lo he tenido demasiado cerca, de las circunstancias de nuestros enfermos, que padecen una situación manifiestamente mejorable en cuanto a las atenciones que reciben. Es labor de todos, sin duda, el mejorar la asistencia a los que tienen quebrada su salud del cuerpo, pero esencialmente debe ser objeto de celo de quienes han hecho de ello su profesión, su bendita profesión. Si dudan por no tener modelo, que piensen en el ejemplo del Copatrón de Granada, de San Juan de Dios, aquel loco de amor.

Y para la salud del alma, los religiosos profesos. No quiero dejar de ser consciente del papel, que especialmente el Concilio Vaticano II nos reclama a los laicos en el amejoramiento de la salud del alma, pero ello no me impide saber, que en esta labor, ocupan lugar esencial quienes consagrados en cuerpo y alma, han hecho de la religión no ya una profesión, si no algo más que eso, una vocación que se entiende absoluta. Ahora, más que nunca, en un occidente cada vez más descritianizado y en peligro de pervertir por ello los valores que han fundamentado nuestra vanguardia social, hacen falta más religiosos y mejor preparados, más vocaciones de personas dispuestas a darlo todo por su Fe en Cristo, para ser de más utilidad a la sociedad.

Y con esto no me he olvidado de ese Crucificado salesiano, que quiso el Padre Rafael Soldevilla que se inspirara en el de la Noche Oscura, ni de esa imagen de María de la Salud, de vivos ojos que se nos muestran como viveros de vida, ni tampoco de ese fervor de los vecinos, ni del ingente esfuerzo de los costaleros salesianos, ni de esas promesas de pies descalzos que no faltan en su procesión; sólo he querido remarcar el impresionante mensaje que guarda bajo si título Real esta corporación penitente.

Dije que el Jueves Santo en Granada era también, el día del Albayzín, el de las tres vírgenes de la colina de los alcohoneros como la llamaron al bautizarla los árabes: la Concha, la Estrella y la Aurora. Sólo con pronunciar sus nombres, ya se musita el más bello Pregón a María. ¡Que tres nombres tan castizos!. Ya las viejas advocaciones marianas del Albayzín rendían culto a la Virgen de la Aurora, tal y como han alumbrado los estudios siempre tan eruditos como atractivos de Antonio Padial Bailón. Ya al pronunciar Estrella, evocamos nombres de mocitas y mujeres hechas, que lo tomaron prestado de una letanía, para lucirlo en la solapa de su identidad, con el gracia y hermosura de la mujer granadina. Y ya era extraño, que antes no hubiera surgido en Granada una Concha para su Semana Santa, en esta tierra, pionera en el orbe cristiano del gran dogma de la Inmaculada, algo que nadie con letras me lo puede rebatir. Porque María Inmaculada, mucho antes que en ningún lugar fue reconocida en Granada; antes que en la Roma de los Pontífices, antes que por la ciencia de los teólogos, antes que la infalibilidad papal lo proclamara.

Por los Grifos de San José, por la Cuesta del Chapiz, la de la Alhacaba, por Concepción de Zafra, entre las tapias de los cármenes verdes de la antigua Ilíberis, surcando los muros de cal de los conventos de la clausura, encendiendo con el rigor de la vida el telón de fondo de la Alhambra, para el asombro de turistas y la contemplación de los atentos, unidas al Perdón de Cristo, a su Amor y Entrega, a la Pasión según Granada.

Al Pregonero le duele el alma, de no acertar a definirte, Concha, Estrella o Aurora, palio blanco, manto celeste, carita de pena. Y no es sólo que sean la misma, sino que cada una es lo mismo de bella. ¡Vírgenes del Albayzín, quinta esencia de la feminidad más pura, más perfecta! Para ti Concepción de María, mi llanto amargo de una noche de expiación de mis pecados. Para ti, Aurora de mis amores, el grito desgarrado de un alma cofrade que quisiera arrancarse con una saeta. Y para ti, Estrella de mi ilusión, unos pendientes, una sortija, y un collar de oro del río Darro, con el nombre grabado en fuego de esta Granada que te adora.

Y a las doce en punto de la noche, Granada se hace oscuras tinieblas. ¡Qué se paren las musas! ¡Que se detenga los surtidores! ¡Que se quiebren los muros hoscos y ciegos de los corazones sin piedad y que se abran los primeros rosales del Generalife para acoger los desprendidos regalos del rocío! Fluyen por el pretil de la Carrera extraños unicornios lorquianos y el cuerpo hercúleo de aquel que va a vencer la muerte, se mueve colgado en el entretejido de marfil, maderas nobles y plata que hacen su cruz bendita.

El Cristo de la Misericordia, el del Silencio, la más imponente obra de la imaginería barroca, cumbre de la escultura española, cruza la penumbra de Granada. Ronco tambor por marcha, rumor de celosías por compaña y toda la rotundidad de los más profundo del sentimiento cofrade granadino por heraldo.

Silueta entrecortada en los palaciegos caserones, sinfonías de cadenas arrastrándose por centenarias vías y una pena muy honda por el mejor de los "nacios". Ahora, ahora sí, Granada eterna con saetas que son piropos "pa" Cristos muertos.

No hace falta que el luto oficial engalane las banderas a media hasta de los mástiles erguidos de la Ciudad burocrática. Ni siquiera es preciso que se cieguen los ritmos sórdidos de la última superflua melodía. Ni en los bares y restaurantes es necesario que cese el trajín de la vida. Cristo va a morir, y el corazón creyente de Granada lo sabe. Por eso es ocioso cualquier reclamo para que a las tres de la tarde, de nuevo a las tres en punto de la tarde, un cornetín emita agua nota prolongada al aire triste del Viernes Santo en el Campo del Príncipe, ante el monumento pétreo y popular del Cristo de los Favores, con cinco yagas por trono. Una en el pie izquierdo para conservar la inocencia bautismal de los niños, otra en el pie derecho para rogar por la generosidad y la pureza de los jóvenes, otra en la mano izquierda para que las mujeres y los hombres, en su vida conyugal o en su virginidad, sean eficaces auxiliares en el apostolado de la Iglesia, otra en la mano derecha, para que los gobernantes sepan regir en justicia, y por fin la quinta en su costado, para que todos seamos la luz del mundo y la sal de la tierra.

En el cercano Monte Sedeño, retumban los ecos del badajo incesante de la campana de San Cecilio, mientras la Soledad de Santo Domingo, en su segunda salida procesional, no ha querido tampoco faltar a este instante supremo.

El conmovedor suceso con el que Granada conmemora la muerte de Cristo, deja tiempo y espacio todavía para las procesiones vespertinas del Viernes Santo. En el Monasterio de San Jerónimo aparecen cuatro chías inquisitoriales de rojo, blanco, negro y morado, de sangre, pureza, luto y pasión. Resuenan con insistencia sus tambores destemplados y sus trompetas lastimeras, al ritmo incesante de una multitud de infantes que grita : ¡Chía, Toca!. De repente un romántico cortejo nos devuelve a la Semana Santa de otros siglos. Hábitos de terciopelo negro y capirotes de raso amarillo con el escapulario de las jerónimas. Farolillos de luz tintineante y cegada por vidrios morados, y un largo repertorio de insignias y personajes vivientes: la cohorte romana, la tres marías, San Juan, José de Arimatea, Nidocemus. Sor Cristina de la Cruz, se asoma al cielo del compás de su Monasterio para contemplar la escena mientras trasladan a Jesús a su Sepulcro y el bordón fúnebre de una banda, marca una marcha de procesión para la Soledad de Granada. El primer verdor de la primavera, apenas colorea ya la hiedra, y la Madre de la Divina Gracia, pasea su honor de los pueblos, entre el gentío que absorto es llevado por unos instantes, desde la magia desbordante del barroco hasta el oficialismo decimonónico que inspiró la restauración borbónica. Casi cuatro siglos y medio de historia cofrade viva.

También es antigua devoción de Granada la del Cristo de los Favores. Primero en 1680 los vecinos de la antigua judería erigieron en el Realejo el monumento ante el que rezó Granada a las tres de la tarde. Luego, cuarenta años más tarde constituyeron su piadosa Asociación, y por último, hace setenta y cinco conmemorados años la convirtieron en Cofradía, con tanto poderío que hasta le alzaron capilla propia.

Por la Cuesta de San Cecilio, cuando el día declina por entre los tejados a cuatro aguas del barrio del Realejo y comienzan a resplandecer los cristales opacos de las farolas de bronce fundido que cuelgan de los muros de argamasa y paredones de ladrillos morunos de la ciudad vieja, baja el Cristo de los Favores. Unos dicen que es de Arce, otros que de Rojas, más nadie pondrá en duda, que sólo la inspiración divina pudo permitir al artista que fuera, una traza tan perfecta del Señor en alta y esbelta cruz clavado, de cera roja escoltado y sobre un tupido paño del rojo intenso de los claveles al estallar la primera luna llena de la Primavera.

A la Virgen de la Misericordia, Greñúa la llama el pueblo y Coronada quiere verla Granada. Salazar te bordó cincelando plata tu trono, y Trinidad Morcillo talló tu manto hila a hilo, dedal de oro, cordeles de seda y aguja de plata. Desde su recoleto Carmen de la Alta Antequeruela, el espectro de Manuel de Falla, reza silente las cuentas de su Rosario y marca con su pie derecho el compás de los tambores, para luego bajar por el Carril de San Cecilio y entremezclarse anónimo con la multitud para oír el viejo cante del Tío Tenazas que rejuvenece Antonio González desde el estrecho mirador de un balcón "abarrotao", iniciando una batalla de saetas que ciegas como el amor, derrumben las lejanas lamentaciones de lo judíos que antaño poblaron este barrio.

Y a lo lejos, por el que fue Camino Real de Santa Fe, los Ferroviarios iluminan de verde y rojo traspasado por el fulgor de los cirios, la peregrina estación del Cristo de la Buena Muerte y María del Amor y el Trabajo. Medio siglo se cumple de la recapitulación de una centenaria devoción del barrio de San Lázaro, para hacer Cofradía de Semana Santa.

El cruel realismo de los trazos de la imaginería moderna granadina, ejecutó sin fallar un golpe de gubia, al Cristo de los Ferroviarios, tipo iconográfico excepcional, herido por los clavos en la muñecas y cadavérica de muerte serena en su cara, concebido por Antonio Díaz.

¿Habrá dolor más hondo y más humano que el de Nuestra Señora del Amor y del Trabajo? El crepitar cristalino de tus bambalinas no consigue alterar tu duelo, ni tampoco las cinco lágrimas que se derraman por carita de pena, desde tus ojos brutalmente enrojecidos. ¡Cuánto el sufrimiento de María! ¡Cuánto tuvieron que desgarrar su amor maternal cada uno de los azotes, de las espinas de la corona que se clavaron en las sienes de su Hijo, cada una de sus tres caídas, el desgarro lacerante de arrancarle la túnica agarrada a sus carnes ensangrentadas, cada uno de los tres clavos que le hincaron y la lanzada con la que le certificaron su muerte!.

A menudo, por sabido de memoria, olvidamos el dolor de Cristo en la Cruz. Justo antes de expirar, Jesús llamando al Padre quiso hablar con Él. Los evangelistas San Mateo y San Marcos atestiguan que le dijo: "¿por qué me has abandonado?". ¡Cuanto hubo de sufrir Jesús para recriminarle esto a su padre!. San Lucas, relata que voz en grito pronunció, "Padre, en tus manos entrego mi espíritu", y que diciendo esto expiró.

Ese es el instante que suavemente modeló Domingo Sánchez Mesa en el Cristo de la Expiración, el de los Escolapios, esbelto y apolíneo, todo humanidad. El terroso ocre de su sudario, se agita al fresco aire de la Sierra Nevada cuando sobre el puente árabe al que los cristianos llaman romano, cruzas el río grande de Granada. En las bóvedas del enterramiento de los Duques de Gor, que con su patronazgo fundaron las Escuelas Pías de Granada, vaga el alma de un místico monje Basilio y retumba el cuerpo de tambores que marca el paso de tu costaleros.

El cincel de Palma Burgos sostiene el techo de la Virgen que un día fue a Roma, y esté donde se halle, el Padre Iniesta musita unos versos andalusíes para la Madre de Cristo. Capas negras, blancas túnicas, fajines de muerte y puntiagudo verdugo oscuro con forma de capirote. Treinta kilos de oro lleva el manto de la Madonna, mientras el pecho inmenso del Compadre se abre en canal para echarle piropos hechos cante.

Incompleto estaría el día si Granada no tuviera su procesión oficial de Santo Entierro. La corporación municipal forma temprano en la plaza del Carmen bajo mazas, con porteros porteadores de varas de taracea, y el heraldo rojo y verde de Granada que lleva un histriónico figurante vestido a la federica, para subiendo la calle de los Reyes Católicos llegar a Santa Ana pasando por Plaza Nueva. Desde allí parte una comitiva escrupulosamente ceremoniosa, presidida por el enviado de Su Majestad, un Teniente General de rojo fajín y reluciente espada. Las autoridades del pueblo, la milicia y el clero, cortejan la urna de Cristo yacente, a la que escoltan los soldados con sus armas a la funerala y los nobles caballeros del Santo Sepulcro, abolengo del universo cofrade de Granada.

Una Virgen de la Soledad en el Calvario, arrodillada al pie de una cruz viuda y solitaria, ora el llanto del difunto fruto de su vientre. El estremecedor espectáculo de solemne oficialismo que caracteriza a la comitiva, será capaz de conmover y asombrar hasta al más incrédulo de los espectadores, con su cortejo fúnebre de plumas blancas, capillos rojos y marcial marcha lenta.

Llora la Torre de la Vela, llora porque Cristo ha muerto y porque este Sábado Santo, no tendrá ni tan siquiera el consuelo de tocar su campana para anunciar que Nuestra Señora de la Alhambra baja a Granada. Las obras de restauración del tempo de Santa María, justifican esta ausencia que ojalá pronto se repare sin merma alguna.

¡Que pensarán este Sábado Santo Fray Pedro Dueños y Fray Juan de Cetina, los franciscanos muertos mártires en la puerta de la mezquita sobre la que hoy se eleva el templo de Santa María, cuando no acudas este año a tu cita! ¡Por quien lloraran esta noche las fuentes de la Alhambra en la noche callada! Los bosques de la Sabika estarán más tristes que nunca, por no servir de cúpulas sus hojas verdes, ni de goticistas nervaduras góticas sus ramas .

Pero Granada no podía quedarse sin el misterio de las Angustias en su Semana Santa, y por eso la hospitalidad de la Iglesia Parroquial del Sagrario, será este año el punto del que emane tu comitiva adamascada y las relucientes peinetas de nácar. El señorío imponente y simpar de la Cofradía de Santa María Coronada, seguirá paseándola sobre su trono de las mil setecientas treinta y cuatro piezas y ciento treinta columnas, mientras su regazo virginal, acoge el cuerpo inerte de un Cristo desvalido y muerto, según la concepción desbordante y a la vez equilibrada que tuviera Torcuato Ruiz del Penal.

La historia de la Pasión de Cristo según Granada, toca a su fin cuando el Domingo de Resurrección se desata la alegría del principio de la Pascua. Un niño, con el Dulce Nombre de Jesús, inunda de inocencia gozosa las primeras horas del medio día en la tercera y última comitiva de la Cofradía de la Soledad de Santo Domingo. El barro hecho música de unas campanillas agitadas por manos infantiles, es la inconfundible banda sonora del gran día de todo el Calendario Cristiano. Quitad la Resurrección y no quedará nada.

Y no contenta Granada con celebrarlo una vez, se prepara para hacerlo otras dos más este mismo domingo; que le pareció poco tanta Alegría, que quiso llevar el Triunfo de la Resurrección hasta los confines de los vergeles, donde hoy sólo crece el cemento y el ladrillo que da cobijo a los vecinos del Zaidín y el distrito de Ronda

Santa María del Triunfo, - ¿habrá nombre más "granaino"? -, mece su palio de plata por San Miguel Arcángel con escolta de peinetas desenlutadas, y Nuestra Señor de la Alegría, que es la misma María, exultante recorre las bóvedas catedralicias de clara cal y vieja piedra.

Es tarea complicada la representación iconográfica de la Resurrección del Señor, más con acierto la han practicado los imagineros contemporáneos granadinos; Barbero con un realista estudio anatómico de un ser triunfal y Zúñiga componiendo en acertada escenografía la escena del Sepulcro, rematada para el ensueño con cuatro angelotes trompeteros de cuyas bocinas penden paños decorados con las insignias de las otras cofradías del Zaidín.

No podía ser de otra manera terminada la Semana Santa que con estos desfiles victoriosos que proclaman el gran Misterio de nuestra Fe, la Gloriosa Resurrección, con el que este Pregonero debe ir poniendo el fin a sus palabras, aún a fuerza de saber que no he agotado las alabanzas que se merecen los días grandes de Granada. Ocho días ilustrados de silencio, pero también de sonidos, como los de las armoniosas composiciones de los autores que con tanto acierto e impulsados en su mayoría por Miguel Sánchez Ruzafa, han escrito y siguen componiendo, bellas melodías no sólo para las procesiones, sino para la Cuaresma y los múltiples acto cofrades que se derraman en el calendario de los doce meses del año, porque ya la música cofrade, no es obra de temporada. Los ingenios de los maestro Francisco Higuero, Aniceto Giner, Melchor Perelló, Barros Jódar, las dos generaciones de Megías, Ángel López, Luis Castelló, el propio Sánchez Ruzafa o el mismísimo Abel Moreno, son los pentagramas de nuestros sentimientos.

También sería para mi absolutamente irresponsable el pasar por alto el esfuerzo titánico, no es una exageración, ¡titánico!, de los artistas de las bandas y agrupaciones musicales cofrades de Granada. Ni el más atareado albacea, ni tan siquiera el más abrumado de los secretarios, pueden presumir de tanta dedicación como estos intérpretes, que han de laborar en tan adversas condiciones, que son motivo de sonrojo para toda la sociedad por permitir que estos centenares de artistas, tengan en la mayoría de los casos que tocar debajo de los puentes, al frío de diciembre y a la lluvia de octubre.

Absolutamente intolerable que nuestra sociedad consienta eso y por ello, al menos este Pregonero no quiere terminar el Pregón sin ponerse en su boca a los renovados sonidos del Consuelo, la veteranía magistral de la Estrella, la elegancia y atenta afinación del Despojado, al germen cofrade para la Chana que es la Victoria, la labor social de los de Luz Casanova, o los ricos sonidos del Mayor Dolor, las nacientes formaciones de Tres Caídas y Favores, por muchas de cuyas cornetas soplan labios curtidos por la sabiduría del tiempo, y el deseo de que resurjan pronto el Triunfo de Ripoll y el impulso juvenil de la Lanzada.

Ya al Pregonero se le agota la voz y el tiempo que con tanto cariño y generosidad ustedes me han otorgado. Ha llegado el momento de terminar y quiero hacerlo con el aliento en mis palabras, para todos y cada uno de vosotros, cofrades de Granada, herederos ancestrales de ricas tradiciones marcadas por el sello pasional de los siglos que avalan nuestra condición, artífices de la más hermosa representación que en el mundo puede darse de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. El orgullo que nos debe causar nuestro que hacer, no debe ocultar el deseo y afán permanente de superación; ese orgullo de ser cofrades, de alzad alto pero sin vanidad, todas y cada una de nuestras miradas, de quienes aquí estamos en directo, y de todos aquellos a los que llegue este Pregón por cualquier otra de las vías de comunicación de las que hoy disfrutamos, concientes de la alta responsabilidad que tenemos por nuestra condición en el seno de la Iglesia Católica.

Sabed, que con ese mismo orgullo de sentirme cofrade y granadino he ido poniendo una a una detrás de todas las otras, las palabras de este Pregón, pronunciado por alguien que entiende muy bien aquellos versos que escribió Machado y que podrían ser resumen de todo cuanto he querido deciros: Quien habla, sólo espera hablar a Dios un día.

Que la Virgen de las Angustias, Patrona Soberana de Granada, la más hermosa tierra que acertó a crear la mano divina de Dios, nos ampare, y que por su intercesión, se nos concedan las alegrías de ese cielo, que creo yo no debe de ser muy distinto a cualquiera de los jornadas de la Semana Santa según Granada, que en su año 2003 de la Era Cristiana, esta voz de un contemplativo locamente enamorado de Granada acaba de pregonar.

He dicho.

Modificado por última vez enJueves, 06 Junio 2013 06:34

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