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Pregón de Semana Santa de Granada 2002, pronunciado por Don Miguel Luís López-Guadalupe Muñoz

Pregón de Semana Santa de Granada 2002
Pronunciado por Don Miguel Luís López-Guadalupe Muñoz

I

LA LUZ BRILLA ENTRE LAS TINIEBLAS

¡Dios te salve, Granada!

Asomado a su balcón, el Arcángel San Gabriel trae a Granada un celestial mensaje, con aires de primavera, en una nueva y popular anunciación, a la que el Darro presta su música y el Albaicín su color.

Bella y callada dormía Granada, «agua oculta que llora», bajo el cielo ceniciento del invierno, cuando en sus oídos, acostumbrados a rumores de fuentes cristalinas, resonó, apenas como un murmullo, para no molestar su sueño, el mensaje de cada año, de cada siglo, de cada milenio, la voz de siempre: ¡Granada, sé tú misma!

Y Granada se vistió de nazarena.

Las palmeras ofrecieron sus hojas más doradas a las manos de la infantil Judea. Los luceros salpicaron de oro las capas nazarenas del Albaicín. El rojo clavel bordó bocamangas sobre la blanca cal en la placeta de S. Miguel. De verde se vistió la Plaza Nueva, robándole al bosque su color. Colas de luto alfombraron el empedrado de la Carrera del Darro, mientras las aguas del río ensayaban una plegaria para la Maravilla del divino amor. Los cipreses del atrio de S. Jerónimo se coronaron de amarillos capirotes. El bosque de la Alhambra se tapizó con el color de la tarde sobre fondo de damasco. El Sacromonte pintó sus cuevas con brillos de cobre y resplandores de hogueras y el Campo del Príncipe se hizo más campo aún para acoger a Granada entera.

Y vio Dios que aquello, nacido de su mano y completado por el hombre, era bueno. Y dibujó en el cielo la luna llena para alumbrar el serpenteante caminar de los cortejos nazarenos.

Y a esos siete días, que precedían a la Pascua, al paso triunfante del Señor, de la oscuridad a la luz, del abismo hasta la cima, desde la muerte a la vida, los llamó Dios Semana Santa.

Y desde entonces está pintada de rojo en el calendario y grabada a fuego en los corazones cofrades, que palpitan bajo las túnicas y las capas, ese diapasón de amor que hace mover los pasos por nuestras calles. ¡Quitadle a la Semana Santa el corazón y se quedará en nada!

Y desde entonces, cada Domingo de Ramos, la campana de la Vela, llamaor de llamaores, capataz del Albaicín y de la Alhambra, hace sonar su martillo con ecos de bienaventuranza.

Y al tercero de sus golpes, se abren las puertas de la gloria y se desbordan ríos de nazarenos y misterios de Pasión, caudales de cera y de incienso, de cante y de oración.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, los que aprenden de su Trabajo y su Paciencia, de su Humildad, y le siguen hasta la frialdad cadavérica del Sepulcro.

Bienaventurados los que comparten su Amargura, en la soledad del Huerto de los Olivos, en su dolorosa Caída, en el instante supremo de su Expiración.

Bienaventurados los mansos y humildes de corazón, los que aceptan la Sentencia injusta, los que son Despojados, los que se ofrecen como Rescate, convirtiendo en Buena hasta su propia Muerte.

Bienaventurados los que tienen hambre de la perfección, en lo sencillo y en lo sublime, los que admiran el misticismo de la Última Cena, la gracia de la Redención, el dolor de la Lanzada y la gloria de la Resurrección.

Bienaventurados los misericordiosos, porque en Él buscan y en Él encuentran Consuelo y Favores, Misericordia y Perdón.

Bienaventurados los limpios de corazón, los que tienen la mirada cristalina de Jesús entrando en Jerusalén, de Cristo en el Encuentro con la Cruz, de Jesús Nazareno en su honda Meditación.

Bienaventurados los que luchan por la paz, ataviados con la blanca túnica de la inocencia de un Jesús Cautivo, de su Entrega por Amor, con la blanca pureza del sudario en su Descendimiento y con el blanco resplandor de Cristo Resucitado.

Bienaventurados, en fin, los perseguidos por hacer el bien, los que se postran ante el Gran Poder de Dios, que es servicio, los que vierten la misma Sangre derramada por el Hijo hasta consumar la Pasión, que es ofrenda, los Cristos anónimos e inocentes, tantos y tantos, que yacen cada día en el regazo amoroso de la Reina de la Alhambra.

Bienaventurada Granada entera, porque al llegar Semana Santa, ¡Cristo vive en nuestras calles y pasa ante nuestras casas!

Y ante este milagro de la gracia, hoy te saludo:

¡Dios te salve, Granada!

* * *

Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo de Granada,
Excmo. Sr. Alcalde de esta ciudad,
Sr. Presidente y Sr. Consiliario de la Real Federación de Hermandades y Cofradías de Semana Santa de la Ciudad de Granada,
Ilustrísimas y Dignísimas Autoridades,
Sres. Hermanos Mayores de las Cofradías de Granada y miembros de la Junta de Gobierno de la Real Federación,
Granadinos y Cofrades, que me escucháis dentro y fuera de este recinto,
Señoras y Señores, amantes todos de nuestra Semana Santa.

Justo es comenzar, pues nobleza obliga, agradeciendo a quienes de forma unánime -mis queridos compañeros de la Junta de Gobierno de la Federación de Cofradías-, me otorgaron su confianza para ocupar esta tribuna, hoy, justamente cuando el cielo acaba de regalarnos una nueva Cuaresma, una suerte de capote bordado en nazareno y oro. Gracias, querido e infatigable amigo José María, por cederme el testigo de la palabra en este año del LXXV Aniversario de la Federación. De corazón gracias, a ti y a los que con tanto calor me arropáis. Espero no defraudaros.

Gracias, querido Eduardo, por el profundo afecto de tus palabras, por la lección de tu sentir cofrade que gozo, en forma de amistad, desde que nació -lo recuerdas muy bien- tu hija Ana. Gracias por dejarme compartir aquella ilusión interrumpida, que se llamó Paciencia y Penas, y por enseñarme el infinito valor de la Paciencia, ésa que llevas en el corazón y que Toñi Pérez dibujó desde el alma:

Quiero amar como amaste, Jesús mío,
y soñar con el mundo de tus sueños.
Ser paciente para ser como tu nombre
el oasis de un mundo tan incierto
y mostrar al hombre que ser hombre
es más grande porque Tú quisiste serlo.

No vengo a anunciar nada, querido público, que no os resulte ya conocido. Al contrario, vengo a poner letra a la música cofrade de vuestros labios, al ritmo de marcha de vuestros pies, a sacar de la más fina veta de vuestro interior, esa forma se sentir y de creer tan propia de quien ama la Semana Santa; a modelar con unas cuantas ideas y unas torpes palabras -ligeras plumas que se lleva el viento- la sinfonía de sentimientos y de sensaciones con que os aprestáis a agasajar a Cristo y a María en las próximas fechas.

Hoy me toca hablar, robándoos vuestra voz, o más exactamente tomándola prestada, tratando de decir lo que sentís, lo que sentimos. Y para ello he tenido previamente que escuchar. Hoy regreso del silencio a la palabra.

Vivencia cofrade

Este pregonero ha de comenzar necesariamente confesando sus limitaciones. He pretendido alcanzar la hondura de Benítez Carrasco o la divina gracia de José Luís Barea, pero no he podido. He deseado alcanzar el granadinismo lírico de Ángel Luís Sabador o la clarividencia andaluza de Enrique Iniesta, pero no he podido; la elocuencia de Ramírez Doménech, la elegancia de Abras de Santiago, la erudición de Pérez-Serrabona..., la entrega desmedida de Francisco Gómez Montalvo. Pero no he podido.

Temo presentarme aquí muy «ligero de equipaje». Y si vengo, creedme, es porque, como vosotros, amo la Semana Santa. Y al amarla, venero a nuestras imágenes titulares. Y al venerarlas, trato de escuchar su palabra, el profundo mensaje de Cristo y el susurro maternal de María; mensaje sugestivo, y a la vez desconcertante. Vengo aquí, sencillamente porque soy cofrade y creo en Dios, porque en eso consiste ser cofrade.

No se trata de amarle, sino de admitir que Él nos amó primero. «No había hecho aún la tierra ni los campos... cuando asentó los cielos, allí estaba yo» (Pr 8, 26-27). Como dice un cofrade y amigo, al llegar la Cuaresma somos «enamorados de este tiempo». Enamorados de la Pasión de Jesús y del Dolor de la Madre; enamorados porque Ellos se enamoraron antes de la naturaleza humana. ¿Acaso no es el amor el arquitecto del Universo?

Y por eso, esos Cristos y esas Vírgenes, tan divinamente humanos, encaramados por la gracia cofrade en la barroca elegancia de sus pasos, aliviado su dolor por el fragante aroma de la flor, están ahí para seducirnos, para cautivarnos, para interpelarnos. «Llámasme, gran Señor, nunca respondo», escribió el poeta, y «sin duda mi respuesta sólo aguardas». Y la escena se mantiene, congelada por los años, las décadas y los siglos. Cristo nos sigue esperando en la cruz de brazos redentores bien abiertos, como quiere Benítez Carrasco:

Señor, que, como faro ensangrentado,
en la cruz donde mueres me iluminas
con los rayos de luz de tus espinas
y el arroyo de sol de tu costado.

Sobre tu pecho mártir y llagado,
de mis pecados por las disciplinas,
nunca cruces, Señor, esas divinas
manos que tanto llevan perdonado.

Tus brazos redentores, aun heridos,
son raudales de luces para aquellos
que en sus torpes pecados desesperan.

Tenedlos siempre abiertos y extendidos,
para que, cuando quiera echarme en ellos,
me tengan que abrazar, aunque no quieran.

¿Para qué creéis que tienen extendidos sus brazos nuestros Crucificados? ¿Para qué abren sus manos nuestras Dolorosas? Todos, absolutamente todos, cabemos en su paso, todos podemos caminar a su lado; basta tener oídos y quererlos escuchar.

Nuestras imágenes titulares, lo que ellas representan, son nuestro amparo ante las adversidades, personales y colectivas. ¿Qué hicimos, decidme, aquel once de septiembre pasado, ante lo que veíamos, sobrecogidos, en nuestros televisores? Yo recé ante mi Cristo de San Agustín y, minutos más tarde, me postré ante el Señor de los Favores, justamente cuando dos grandes cofrades del Realejo, dos entrañables amigos, Mari y Lalo, celebraban sus bodas de plata matrimoniales. Toda vida se engendra en el dolor, pero sólo Él sabe transformar la muerte en vida.

Y es que, en realidad, no es Jesús el que va sobre nuestros pasos; somos nosotros mismos, es nuestra vida, nuestro sufrir y padecer, nuestra cruz. Nos identificamos con Jesús sufriente, porque Él se identifica con nosotros. Para aliviar nuestro dolor quiso Jesús que sintiéramos, igual que Él, la cercanía de la Madre, la suya y la nuestra. ¡Qué bien lo saben cofrades! Tomaré prestados los versos de Javier Tortosa, que ya se nos fue hasta la maternal estancia de la Aurora:

Porque te quiero, Madre,
porque te quiero.
Por ser derroche de virtud y amor,
alegría caída desde el cielo,
consuelo sin fin a mi dolor.

Para entender la Semana Santa -que es el eterno mensaje de Jesús- hay que volverse como niños, con su espontaneidad y su permanente curiosidad; hay que hacerse como jóvenes, emprendedores, impetuosos y generosos. ¿Nos hemos parado realmente a valorarlos? De no hacerlo, estaremos hipotecando el futuro mismo de nuestra Semana Santa.

Al comenzar este pregón, yo también he vuelto a mi infancia, a mi adolescencia, repasando mi vida desde que, con once años, vestí por vez primera la túnica nazarena, hasta hoy, en que visto otra distinta, pero del mismo color, negra como la noche y como el olvido.

Y he rescatado los recuerdos, vagos, pero firmes, de la vinculación cofrade de mi madre con la Virgen del Rosario, o de mi abuelo con el Señor de los Favores; y aún intento reconocer a mi bisabuelo entre aquellos operarios del Matadero, inmortalizados en una pintura de su camarín, que salvaron a la Virgen de las Angustias del incendio de su templo. He evocado mis primeras estaciones de penitencia, la temerosa ilusión de lo nuevo, aquellas imagencitas de barro y aquellos pasos en miniatura, que todavía hoy llaman la atención de mis hijos.

He recordado años de estudiante, a medio camino entre las Facultades de Letras y de Derecho. He evocado los inquietos momentos en que surgió Gólgota, el ilusionante proyecto de poner a flote la señera Hermandad del Cristo de San Agustín, el impulso de su vocación sacramental, ese empeño permanente de mi padre.

He tenido la inmensa suerte de gozar de esos detalles que tanto gustan a los cofrades: de escuchar por sorpresa unos fragmentos de marchas durante mi boda; de recibir en obsequio la dedicatoria de algunos versos o la foto central de una revista; de llevar a mi hijo a escuchar los primeros sones de Semana Santa, cuando sólo tenía quince días de vida, al paso de un Cristo hecho Trabajo y de una Virgen convertida en Luz, justamente el mismo día que el Cristo de San Agustín volvía a las calles de Granada; de recibir ese delicado costal infantil cuando él cumplió tres años, bendito regalo de unos vecinos que son todo corazón. He recibido tanto, que sería vileza olvidarlo.

Mi vida, como la vuestra, se mueve a golpe de Semana Santa. Para lo bueno y para lo malo. Porque yo también sé lo que es subir al cementerio un Sábado Santo, para acompañar a mi abuela hasta su última morada. Y sé lo que es hacer estación de penitencia, con el sonido cercano de la radio, desde la habitación de un hospital, acompañando a alguien tan querido como mi hijo. Así reza mi papeleta de sitio del pasado año: «Lunes Santo, 9 de abril de 2001», y escrito por detrás: «Clínica de la Inmaculada, habitación 407». Y al día siguiente, mi amigo Antonio me hizo llegar un artículo de prensa -siempre lo guardaré como un precioso don-, que proclamaba -y yo lo hago hoy como memoria anticipada de quienes en los días grandes no podrán salir a la calle, por hallarse postrados en el lecho del dolor-, que allí donde estén «sí que hay una cofradía de penitencia, en silencio, apenas roto por esa radio» (Antonio Burgos). ¡No conozco, creedme, mayor penitencia que la de no poder vestir la túnica nazarena!

Para comenzar este pregón, por tanto, he hilvanado unos cuantos sentimientos, de ayer y de hoy, que quiero dejar a los pies de mis Vírgenes de dolor.

Maravillas soberana,
hecha Tú de nuestro barro,
iluminas junto al Darro
nuestra alma cada mañana.
Ya se cumplió la Escritura,
¿cómo te dices esclava,
si eres Madre y Virgen Pura?

Remedios, prenda de paz,
es tu llanto tan sutil
que una risa estudiantil
está alegrando tu faz.
Rezarte el Ave María,
es el saludo fugaz
de tus hijos cada día.

Del Calvario, Soledad,
tu llanto ya no es de duelo,
es río que da consuelo
a toda la humanidad.
Siete perlas derramadas
-déjame ser tu pañuelo-
brotan de tus siete espadas.

Las penas del mundo entero
borra tu Consolación,
allí está la salvación,
clavada sobre el madero.
Yo me quedaré a tu lado,
cantándote un Dios te salve,
¡bórrame Tú mi pecado!
Desde donde sale el sol...

Deseo que en vuestra mente reviváis esta mañana un ceremonial tantas veces repetido, sin necesidad de aprendizaje. Quiero veros calzar la zapatilla y colocaros la ancha faja; quiero veros ajustaros el hábito de cola, ceñiros el esparto o vestir la túnica abotonada y aprestaros la capa; quiero ver colgar la medalla de vuestro cuello, amoldaros la mantilla, alzar al cielo los esbeltos capirotes. Quiero veros vestidos de Semana Santa, preocupados como Marta (Lc 10, 41), nerviosos por salir a la calle, como si fuera la primera vez.

¡Tan... tan...! resuena en el aire
el grito de la campana.
¡Ay, que Jesús está muerto
por una turba malvada!

José Gómez Sánchez-Reina

Dicen que el granadino busca las esencias. Yo así lo creo. Busca la sencillez de los pasos de imagen única, elude los de misterio. Prolonga en la calle la íntima meditación del interior de la capilla. Lo demás, lo demás lo pone el pueblo. Y los pies parece que se dirigen solos en la sobremesa del Domingo de Ramos hasta la Puerta de Elvira y quedan paralizados en la calle Primavera, cuando ya es Lunes de Pascua, ensimismados en su Triunfo.

Granada entera se hace chiquillería para alabar su nombre al entrar en la Ciudad Santa, se hace sayón, se hace judea para gritar ¡Crucifícale!, se hace burla ante su Humildad, y compasión ante su caída. Granada entera se hace Cireneo y Magdalena, Dimas y Gestas, Judas y Juan, se hace Longinos, se hace Nicodemo y José de Arimatea..., Santas Mujeres que acuden con los frascos de perfume y plantas aromáticas, hasta la puerta misma del sepulcro. Granada entera se hace, en fin, paloma, para acariciar la fría mano de Cristo muerto y los cálidos dedos de María sumida en sus Angustias.

Y en esa dolorosa sinfonía, Cristo muerto, amorosamente muerto, avanza por la calle de San Antón. Tú lo has oído, querido Paco, y así me lo has contado: camina divinamente muerto, apremiado por las campanas de las monjas, campanas que doblan angustiadas pidiéndole que regrese ya a su casa. Y, acompasadamente también, la voz metálica del muñidor les dice que se calmen, que ya vuelve, que ya está allí.

Y yo contigo, junto a tu cruz.

Me gusta tu cruz de plata, menos pesada y más ligera, con aires de patíbulo sublimado, deslumbrante y esbelta como las cruces de guía, coqueta y primorosa como las crucecitas que nos colgamos en el cuello, airosa y bruñida como las cruces de piedra que presiden nuestras plazas y que jalonan el Camino del Monte.

Me gusta tu cruz. Fue tu destino, y también el nuestro; esa senda de los bienaventurados. Porque «los pasos de la cruz» son «los pasos de la poesía». Víctor Corcoba me enseñó que la penitencia es «un peldaño más en acción de gracias al cielo». Esa penitencia, la nuestra, se muestra incluso alegre, es penitencia festiva, penitencia compartida, pero penitencia.

Nunca el cofrade es más cofrade que vestido de nazareno, una vez ceñida la cintura y encendida la luminaria (Lc 12, 35), con todas sus consecuencias. Es ese instante sublime en el que roza la gloria con los dedos; es el momento también de la nostalgia y del recuerdo. Porque allí estamos todos, los presentes y los ausentes. Imposible olvidar a los que se fueron. ¿Cómo no recordar a Jenaro de Haro cada vez que miro los ojos de su Virgen? Porque las benditas imágenes significan mucho para nosotros: «Misericordia, al verte entristecida, / quisiera darte amor, darte mi vida» (José Ortega Torres).

Y esa nostalgia se me hace especial cada Lunes Santo, en el convento del Ángel Custodio. Allí, a nuestro lado, aunque no los vemos, susurrándonos ánimo al oído o extasiados en torno al paso, allí van Antonio Salguero y Paco García Moya, y Juan Domínguez y Pepe del Rey -los primeros que vinieron a mi memoria nada más ser designado pregonero-, y tantos otros que ya se nos fueron.

Ellos compartieron la misma fuente de mi amor:

Tu divina cabeza está abatida
como fruto de mi odio y mi rencor.
Todo tu cuerpo es llaga y es herida,
helado se quedó ya tu sudor.

Tu costado abierto, fuente de vida,
que riega las espigas de tu amor,
es el vino, la alianza renacida
por tu cruz, por tu muerte y tu dolor.

Sólo esos tus ojos, tu mirada huida,
huella fresca de tu último estertor,
sólo tus manos tensas, piel curtida,
sólo tu cruz de argénteo resplandor...
son para mí un remanso en esta vida,
¡sólo Tú, Jesús, Hombre y Salvador!

II

VINO A LOS SUYOS Y NO LO RECIBIERON

Ayer y hoy de la Semana Santa

Llegó un tiempo en que Granada se hizo cristiana y los aires de Castilla trajeron a esta tierra también las cofradías. Y brotó la semilla de la vocación procesional -Vera Cruz, Angustias, Soledad-, que era también vocación de anónima penitencia. Creer y padecer; ese fue su lema. Y Granada consintió. Las vio crecer. Las arropó en los cuatro puntos cardinales de su geografía.

Vio llenarse de imágenes las tres «catedrales» de la devoción cofrade: S. Francisco el Grande, en el corazón de la Judería, con el venero cofrade de la Vera Cruz, las Tres Caídas y la Consolación. La Merced, en su arrabal que sueña con el Triunfo de María, vestida de la Sangre de Jesús, de su Humildad y de su cruz, la que porta Jesús Nazareno. La Trinidad, hoy entrañable placeta y ayer majestuoso convento, escenario de toda la Pasión de Cristo en la mañana del Viernes Santo.

Y los carmelitas descalzos acompañaron a la Soledad. Y los dominicos abrazaron su Santo Crucifijo. Y los agustinos calzados admiraron su Expiración. Y los mínimos emularon su Humildad. Y los terceros franciscanos velaron su Oración en el Huerto. Y los carmelitas de S. Juan de la Cruz imitaron su mansedumbre con cruces a cuestas, camino de un calvario, que era el cerro de los Mártires. ¡Y hasta los negros y mulatos de Granada envidiaron su infinita Paciencia!

Lo coronaron de espinas,
lo condenaron a muerte,
siendo Él, el rey de reyes,
¡santo inmortal, santo fuerte!

Todos siguieron a Cristo salpicando con su sangre las calles de la ciudad, convertidas en nueva calle de la Amargura. En noches de luna llena, luna santa, luna grande, se oían los sordos chasquidos del látigo sobre sus carnes. Así entendieron la penitencia y así la expresaron públicamente, para expiación de sus faltas y de los pecados del mundo.

Delante del cortejo de Jesús Nazareno una voz grave, la del muñidor, repetía incesantemente el pregón más breve y certero de nuestra Semana Santa: «Esto se hace en remembranza de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo». Y al instante brotó la piedad cofrade, la piedad del pueblo.

Y cuando el seiscientos conocía quince primaveras, un grupo de devotos recreó el drama del calvario, desde el Descendimiento hasta la Resurrección: era la cofradía del Entierro y de las Tres Necesidades. Desde entonces la Madre -hoy de la Esperanza-, añoró para su Hijo, una escalera, un sepulcro, una mortaja.

Es Noche de Viernes Santo,
la noche oscura del alma,
noche, noche, noche santa,
negro duelo de Granada.

Inventores de la Semana Santa procesional, también aquellos cofrades pecaron, como nosotros, por defecto o por exceso. También ellos conocieron los requiebros de la Iglesia y accedieron a un desposorio popular, llevando como dote un Sacromonte, sembrado de cruces con hondas raíces de fervor, y una ermita, a orillas del Darro y del Genil, donde una Virgen llora al Hijo de su amor. Angustias en la colina y Angustias en la Vega; Angustias la que reina en Granada, la que vive en la Carrera.

Y el pueblo decidió que no bastaba con padecer. Había primero que ver; ver para creer. «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!» (Lc 10, 23). Y el arte del Barroco hizo el resto.

Esa capacidad de sorprender y fascinar -cualidad de un pueblo sabio, porque de sabios es maravillarse a cada instante- con el dramatismo de Jacobo Florentino y la contorsión figurativa de Siloé, la medida expresividad de las imágenes de Pablo de Rojas y de otros artífices de su círculo. Después, con la grandiosidad que Alonso Cano imprimió a la escuela granadina. Y tras su estela, Pedro de Mena dibujó calladas lágrimas en el rostro de las Dolorosas y José de Mora esbozó la divina mansedumbre en la faz de Jesús. José Risueño revolucionó el concepto, más humano y más profundo, del dolor de la Madre y Ruiz del Peral arqueó en una caricia la mano de la Señora.

Y, al conjuro del arte, las estaciones de penitencia se llenaron de pasos y de elementos figurativos; de «cosas admirables». Lo lúgubre de antaño se convirtió en festivo. Los horquilleros se afanaron por encontrar un sitio bajo los pasos. Los disciplinantes pasaron de moda, sumidos en la ridiculez y la hipocresía, que proclama la acerada crítica de Quevedo:

El bulto del sayón es más clemente:
él amaga el azote levantado,
tú le ejecutas, y el Señor le siente.
...
Él es de Dios, mas no de sí, enemigo;
tú de Dios y de ti, pues te maltratas,
teniendo todo el cielo por castigo.

Y pasaron los años y los siglos, páginas para recordar y páginas para olvidar. Y renació la Semana Santa. «No aprendas nada, y el próximo mundo será igual que éste», leemos en la profunda prosa de Richard Bach. Nuestra historia -¡conocedla y amaréis más la Semana Santa!- nos enseña que nuestro desvelo no es una moda pasajera. El cofrade que ve lejos, vuela alto. Cuando se cierra la puerta del templo detrás del último paso, sólo entonces, se convierte en costalero, en penitente, en maniguetero de la vida.

Y si hoy celebramos con gozo ese LXXV Aniversario, de vida y de servicio, de la Real Federación de Cofradías de Semana Santa, es porque Jesús y María siguen guiando nuestros pasos. Pasos que, afortunadamente, llevan a la Catedral y que han de llegar a muchos sitios más, sobre todo allí donde Él y Ella siguen sufriendo.

Y los artistas granadinos siguieron poniendo rostro a la Pasión de Cristo: Espinosa Cuadros, Roldán de la Plata, Sánchez Mesa, López Azaustre... Y aún en nuestros días se han afanado en esa empresa, de arte hecho amor, Antonio Barbero y Miguel Zúñiga, el desaparecido Antonio Díaz y Espinosa Alfambra, o los imagineros foráneos Dubé de Luque, Ramos Corona y Álvarez Duarte.

Nuestra Semana Santa no es ni mejor ni peor que otras; sencillamente es «nuestra Semana Santa», sin falsas vanidades ni complejos de inferioridad. Es nuestra, y por eso nos exige fidelidad, nos reclama una dedicación exclusiva.

Semana Santa hubo siempre. Dos mil dos años brillando sobre la tierra. Dos mil dos, capricho de guarismos, el último capicúa que veremos. Aquí estamos nosotros para seguir celebrándola, adaptándonos a los tiempos. ¡Cómo nos cuesta acostumbrarnos a esos quince o veinte euros que cuesta la papeleta de sitio! Pequeñas anécdotas que se diluyen en el caudaloso río de la devoción cofrade.

Y al cabo todo permanece. El mismo sentimiento anima a los cofrades de todos los tiempos, los que se preguntan por el insondable misterio del hombre, los que siempre quedan sobrecogidos y desconcertados ante la muerte del Justo, hasta el punto de que en nuestra Andalucía -y perdonadme esta aberración teológica- parece que Cristo resucita cada año para volver a morir, morir con el hombre que sufre, morir con cada uno de nosotros.

Comprendo tu sufrir
sereno y callado,
cuando yo sufro
y Tú estás a mi lado.

Comparto tu dolor
reciamente humano,
cuando yo también me quejo
y Tú me tiendes la mano.

Y venero tu silencio
tan elocuente y tan santo,
porque también yo me callo
ante el horror y el espanto.

Te comprendo, y lo comparto,
aun siendo frágil mi barro,
pues en la fiera tormenta
sólo a tu cruz yo me agarro.

Mas no comprendo, Señor,
que tu mirada bendita
siga clavando en mis ojos
Misericordia infinita.

Iglesia y ciudad, parroquia y barrio La Semana Santa espera como siempre -pues la esperanza es el flujo de la vida-, agazapada en nuestro corazón. Ya se despereza de su letargo. Ya sale la túnica de capa del armario empotrado, en un piso de la Avenida de América. Ya sale el cinturón de esparto de un arcón, en una casona del barrio de la Magdalena. Ya sale una trompeta, presta para los ensayos, del hueco de la escalera, en una casa del Albaicín. Ya sale la mantilla negra y la alta peineta de una cómoda, frente a un balcón que se abre al Campo del Príncipe.

Ya sale, en fin, de un cajón de una mesita de noche, de tantas mesitas de noche, desde Fajalauza hasta la Avenida de Dílar, desde la Chana hasta la Carretera de la Sierra, una faja costalera -de cuyo color no puedo acordarme-, que añora estirones e imperdibles, mientras abraza con sus vueltas la cintura de nuestros costaleros y costaleras, esos anónimos cireneos, esos fajadores de Cristo, ¡portadores de la gloria!, ¡costaleros de Dios!

Confieso que pude ser costalero y no lo fui. Por eso, envidio a los costaleros de apretada faja y muchas Semanas Santas. Pero, sobre todo, admiro a las personas que me enseñaron a sentir, a creer, a vivir en cofrade. Aquellos que, mucho antes de que se escuchara la palabra «renovación», ya estaban convencidos -generalmente contracorriente- de que la vida cofrade es mucho más que poner los pasos en la calle. A quienes esto me enseñaron, especialmente a mis padres, gracias de corazón, muchas gracias.

No basta estar, hacer o pensar en cofrade, sino que hay que «vivir en cofrade». Todos -y se ha dicho con frecuencia que esta es una de sus grandezas- caben en nuestras cofradías; nadie es mal recibido. Es la hospitalidad que nace del corazón, porque cuando hay un sitio en el corazón, lo hay en la casa. Todos encuentran acomodo, pero no basta con «instalarse» sin más. El cofrade es el que sigue al Nazareno, el que lo acompaña como un eterno peregrino que recorre cada día, cada hora, cada minuto, las chicotás de esa Estación de Penitencia que es la vida misma. Me atrevería a decir que lo nuestro no es «salir» en procesión, sino más bien «entrar». ¿No es la vida de hermandad una puerta y un camino, un dintel y una vereda?

Hoy se espera más de los cofrades. Juan Pablo II nos invitó, al comenzar su pontificado, a abrir las puertas al Redentor y hoy, al inicio del Tercer Milenio, nos anima a remar mar adentro (duc in altum, Lc 5, 4), a «vivir con pasión el momento presente». Lo ha pedido también, con claridad, nuestro Arzobispo: ¡los cofrades no pueden quedarse en la sacristía!

Que salgan los cofrades a la calle, al aire de su barrio, a las necesidades de sus vecinos, a la solidaridad con los demás. Barrios definidos, barrios desdibujados, que se sienten barrios por un día al año en que su Cristo y su Virgen salen a la calle. ¡Barrios de ayer, barrios de siempre!

Las cofradías de barrio pasean por la ciudad, junto a sus imágenes amadas, el frescor, el aroma y el aire de sus gentes. Aire de Zaidín deja Ella, que es Salud, en el Campillo; aire de Realejo desprende la Greñúa por la plaza de Isabel la Católica; aire de Albaicín irradia ese lucero caído del cielo, que es la Aurora, por San Matías y por Mesones, por Cárcel Baja y por donde quiera que pasa.

Y dilatadas peregrinaciones, a veces de más de ocho horas:
Buena Muerte, Aurora, Alhambra, Triunfo, Estrella y Lanzada,
Trabajo, Redención y Consuelo, hasta las luces del alba.

Larga peregrinación -¿cómo olvidarla?-,
¡Virgen del Mayor Dolor!, hasta la Roma cristiana,
donde habita el gran Pastor, para postrarse a sus plantas.

Y al volver la esquina..., la saeta. Se ha dicho de ella que es profunda, certera, intensa... pero momentánea. Dardo vibrante que rasga el velo de la noche oscura; daga que busca la diana dolorida del corazón de María. Saeta, «grito de agonía, llanto de dolor». Y llorar es tal vez el más hermoso privilegio de los hombres. Cuando atraviesa el cielo, la saeta nos hiere el cuerpo, nos hiela el alma.

El cofrade cuenta el tiempo por Semanas Santas. Ordena sus recuerdos al ritmo de carteles clavados en la pared, sabe que disfrutar de los recuerdos es vivir dos veces y alienta su ánimo a la vista de un pizarrín que descuenta los días que faltan hasta el próximo Domingo de Ramos con blancos borrones de tiza. El cofrade mide el espacio también con el metro de la Semana Santa. Conoce las calles por los pasos que las surcan, los barrios distantes del suyo por esa peregrinación ritual, casi sagrada, en días de Semana Santa; las iglesias de la ciudad -viejas y nuevas- por las imágenes titulares que albergan.

Sabe el cofrade que el Arco de Elvira se levantó para revivir cada año la buena nueva del Domingo de Ramos. Sabe que Alonso Cano ideó la fachada aúlica de la Magdalena para que en ella se recortara el «Señor de Granada». Sabe que la iglesia de Sta. Ana no es otra cosa que un joyero, un relicario, que guarda la perla preciosa de nuestra Esperanza. Sabe que en el Camino del Monte ninguna cruz puede igualar a ésa, viva y peregrina, que sostiene al «Pare nuestro» del Consuelo. Sabe que las blancas paredes de S. Miguel Bajo son las tapias que ocultan la flor más tierna, pálida y delicada del florido paraíso albaicinero. Sabe que las farolas de la Carrera del Darro se forjaron con la condición de apagar su luz al llegar la media noche de cada Jueves Santo. Sabe que no hay mayor Príncipe que aquél que, desde la cruz, preside su Campo, otorgando Favores en las horas vespertinas del Viernes Santo.

Y también sabe el cofrade que el bosque y toda la fortaleza, sus robustas puertas y sus aguerridas torres, sus esbeltas columnas y sus delicados capiteles, lacerías, mocárabes, atauriques, el palacio imperial y la altiva iglesia de Sta. María, se hicieron tan sólo para ser el trono desde el que Ella, amorosa, sencilla, dolorosa, compasiva y... ¡coronada!, reina sobre nosotros.

El Miércoles de Ceniza, hace apenas cuatro días, dio el aldabonazo a nuestra conciencia cofrade. Sé que a nosotros nos aguijonea todo el año, pero desde este momento ya sólo vivimos, o nos desvivimos, para nuestra Semana Santa. Ya anhela Valladolid la monumentalidad de sus pasos, Zamora sus barandales y sus rezos callados, Córdoba se convierte en muro, en farol, en arco, y Málaga en Alameda para recibir sus pasos. Cartagena sueña con rectas hileras de nazarenos, Murcia con aires huertanos y Sevilla, ¡ay, Sevilla!, ansía las ascuas de luz de sus palios. Ya Loja camina al ritmo del incensario, Padul prepara la estela de sus clásicos pasos, Huéscar afina trompetas de pasión y de llanto, mece los pasos Motril en la brisa marinera y Guadix al aire del altiplano.

Y tú, Granada, también despiertas al santo trajín de los días santos. Granada, Granada, Granada..., mira que ya es Cuaresma, que la hora ya ha llegado. Abre, Granada, el guión divino de la hora suprema, ese libro cerrado con los siete sellos, uno por cada jornada penitencial. Y dispón tu pluma, Granada, para interpretarlo -en forma de capa y de hábito, de faja y de zapatilla, de mantilla y de báculo-, tu pluma de embrujo y de ensalmo, para escribir un año más su narración...

La Pasión según Granada

La Pasión según Granada no es otra cosa que la historia de amor más grande que haya existido, revivida, por obra del arte y de la gracia, por la mano del hombre y de la naturaleza, en un marco singular y único, esta Nueva Jerusalén que es Granada, la de las tres culturas y las tres épocas. Granada romana, Granada mora... y Granada cristiana. Es un canto de amor, un canto salido del alma.

Que canten todos los niños
que todos digan hosanna,
en coro de serafines,
alegrando la mañana.

Que también canten los jóvenes
enarbolando las palmas,
bendito sea el que viene,
señor y rey de las almas.

Que cante la multitud,
que todos agiten ramos,
anunciando ya su reino,
vida eterna que anhelamos.

Que canten los hombres todos,
las mujeres de Granada
canten la gloria de Dios,
en esa tarde azulada.

Subía Jesús, seguido de sus discípulos, hacia la Ciudad Santa, donde su nombre habría de ser glorificado, cuando se detuvo a poca distancia y mandó a dos de los suyos para que le trajeran un asno, hijo de acémila. Con ello se cumplieron las palabras del Profeta: Grita exultante, hija de Jerusalén, he aquí que viene a ti tu rey, justo y victorioso, humilde, montado en un asno (Zac 9, 9). Conforme se acercaba a la puerta principal, que nosotros llamamos la Puerta de Elvira, la gente tendía sus mantos para que los pisara y, agitando palmas y ramos de olivo en sus manos, alababan al Hijo del Hombre: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (Sal 118, 26). Y nada hacía enmudecer las alabanzas de la muchedumbre, sobre todo de los niños, porque si éstos callan, gritarán las piedras (Lc 19, 40).

Y María, ajena todavía al drama que se avecina, pasea por Granada, con el caudal de su gracia, mostrando su alegre Paz, su Victoria soberana.

¡Mira qué cara la suya!
¡Mira qué manos de ángel!
¡Mira qué novia bonita
bajada de los altares!
...
Costalero de la Virgen,
mécela como tú sabes.

José Gómez Sánchez-Reina

Se acercaba la Pascua, cuando el mismo Cristo, sabiendo que lo iban a entregar, ordenó preparar el cenáculo, porque su tiempo estaba próximo y quería celebrar la Pascua con sus amigos (Mt 26, 18), en unas dependencias de Santo Domingo. Allí, sus discípulos manifestaron su sorpresa e incluso su turbación cuando anunció que uno de ellos lo iba a entregar. Judas Iscariote, que ya llevaba en su mano la bolsa con las treinta monedas de plata a las que se refiere el Profeta (Zac 11, 12), volvió la espalda como no queriendo escuchar sus palabras. Sólo Juan, el discípulo amado, recostado en el pecho del Maestro, respiraba tranquilidad en la escena del cenáculo.

Después de convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre que habrían de sellar la nueva alianza -el que coma de este pan vivirá eternamente (Jn 6, 59)-, y recomendándoles hacer aquello en memoria suya (1 Cor 11, 24-25), les proclamó el nuevo mandamiento del amor (Jn 15, 12). Y desde entonces, la medida del amor es amar sin medida.

Y, sabiendo que su hora había llegado, y que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que había salido de Dios y que a Él volvía (Jn 13, 3), se retiró al huerto de Getsemaní, para orar; allí, en cualquier rincón del Realejo, Pedro, Santiago y Juan, que lo acompañan, se quedan dormidos. Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). Sólo un ángel del Señor lo reconforta, junto a un frondoso olivo, en aquellos momentos de angustia; por la frente del Maestro corren gotas de sudor, un sudor de sangre. Allí fue escuchado en su angustiosa soledad (Heb 5, 7).

El plan divino estaba escrito y, por eso, cuando instantes más tarde, Judas Iscariote lo entregó, Jesús logró que sus discípulos quedaran libres, para que se cumplieran sus palabras: No he perdido a ninguno de los que me diste (Jn 17, 12). Y también las del Profeta: hiere al pastor y que se disperse el rebaño (Zac 13, 7). Por eso, junto a los muros de la Catedral, hoy contemplamos a ese Jesús Cautivo, vestido de inocencia, solo, abandonado de los suyos.

Ese Jesús maniatado, con recio cordón alrededor de sus delicadas manos, con la cabellera al viento y un gesto que mezcla la dulzura y el dolor. Se entregó para Rescate de todos (1 Tim 2, 6), como lo vemos pasar cada año por el barrio de La Magdalena. Entregarse es desvivirse y aún así hace gala de su belleza y mansedumbre, como lo proclama el Cantar de los Cantares: Sus ojos son palomas, posadas al borde de las aguas, que se han bañado en leche y descansan a la orilla del arroyo (Cant 5, 12).

La corona del Señor
no es de rosas ni claveles,
que es de espinas de zarza
que le traspasan las sienes.

* * *

Los gobernantes tiranizan a los pueblos, los poderosos los oprimen (Mt 20, 25); esto nos enseña la Escritura. Disculpan al poderoso y atenazan al humilde. No iba a ser distinto con Jesús, que había dicho que el que quiera ser primero, se haga esclavo (Mt 20, 27). Al amor se paga con violencia y así es como Pilato a Cristo pagó, creyendo que con un escarmiento bastaría. Alta era la columna del pretorio, donde Cristo fue amarrado para poner a prueba su divina Paciencia, tal vez en cualquier esquina del barrio de San Matías.

Su cuerpo quebrantado a cada azote, estremecido sobre el empedrado albaicinero, contorsionado sobre la frialdad de la columna, maniatado, herido y humillado en el corazón del Albaicín. Y así se cumplió la Escritura: araron sobre mis espaldas, trazando largos surcos (Sal 129, 3). Y aún así, en medio de la violencia, nos ofrece el caudal de su Perdón.

Tú lo dices: soy rey (Jn 18, 37). Su confesión ha caído como un mazazo sobre la conciencia de Pilato, turbado por salir de tan embarazosa situación. Dejemos que se desahogue el pueblo. Mientras un soldado de Roma vigila la escena, un sayón -ira y mofa en su atezado rostro- coloca sobre la cabeza de Jesús la corona de rey (de espinas), sobre la desnudez de sus hombros el manto de soberano y entre sus manos atadas el cetro real, en forma de «cañilla». Pero Jesús hace gala de su Humildad, ofreciendo la mejilla a quienes mesan su barba, sin esconder el rostro a injurias y salivazos (Is 50, 6), cumpliendo de nuevo los dictados de la Escritura: búrlanse de mí cuantos me ven, abren los labios y mueven la cabeza (Sal 22, 8; 109, 25; Jer 18, 16; Lam 2, 15). Y mientras es conducido al Enlosado, por la calle de Jesús y María o por la de Sta. Escolástica, retumban las mofas de la iniquidad. Aquí lo tenéis, he aquí el Hombre (Jn 19, 5).

Ya nada puede hacerse. El plan divino ha de cumplirse hasta el final. Caifás aconseja que un hombre muera por el pueblo (Jn 18, 14) y Pilato se convence. Y, al fin y al cabo, el que lo ha entregado tiene un pecado mayor (Jn 19, 11). A la orilla del Darro, frente a la fortaleza de la Alhambra, ese pretorio granadino de piedra rojiza, Pilato vuelve la mirada a un lado, lavándose las manos, en presencia del pueblo de Granada. Aquí tenéis a vuestro rey. Es un juicio inicuo, sin que nadie defienda su causa (Is 53, 8). No es necesario pronunciar la Sentencia, porque, ante la mirada atribulada de Jesús, como cordero llevado al matadero (Is 53, 7), la proclama el pueblo: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Y Pilato se retira aturdido, dejando que la sangre del ungido se derrame sobre las cabezas del pueblo de Israel (2 Sam 1, 16).

Azotado y coronado
fuiste con saña y furor.
Por rey de farsa tratado.
Y para afrenta mayor,
a muerte vil sentenciado.

Fray Diego José de Cádiz

* * *


Todo sucede con rapidez. De repente, Cristo se encuentra con la Cruz. La han puesto sobre sus hombros y en este repentino Encuentro, Jesús parece abrazarla. Y así, Cristo se entregó a la muerte y el inocente fue contado entre los malhechores, llevando sobre sí los pecados de muchos (Is 53, 12).

En medio de una multitud ansiosa de contemplar el castigo, las calles se estrechan en el corazón de Jerusalén, que es el mismo Albaicín. Jesús avanza con paso decidido, asumiendo voluntariamente su Pasión, al obedecer y servir hasta la muerte (Mt 20, 28) y, camino del Calvario, emprende la subida por la cuesta de la Alhacaba.

Se ha detenido un momento. Como para dirigirse a las mujeres de Jerusalén (Lc 23, 27-28). Todos pueden ver el dolor y la ternura de su rostro. Nosotros también, en la plaza de las Descalzas. Es Jesús el Nazareno. Y carga con la cruz de nuestras culpas, el madero de nuestros pecados, haciéndose semejante a los hombres.

Cuando camina de nuevo, se nos antoja verlo resplandecer a media luz, por la Carrera del Darro, como vestido de la más blanca pureza e inocencia. ¡Emmanuel, Dios con nosotros! Es el testimonio del Amor del Padre y de la Entrega del Hijo: Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca (Jn, 3, 16).

Pero el camino se hace tortuoso y flaquean por primera vez sus fuerzas. Jesús ha tropezado y suaviza su caída apoyando su mano sobre el seco tocón de un viejo árbol. En medio de su Trabajo, por las calles del Zaidín, resuenan las palabras del Evangelio: si esto se hace con el leño verde, con el seco ¿qué se hará? (Lc 23, 31). Pero el viñador espera siempre un año más, una Semana Santa más, antes de cortar la higuera seca (Lc 13, 9).

Jesús se incorpora con las fuerzas de su inmensa majestad, de su Gran Poder. Su poder es servicio (Mt 23, 11). El peso de la cruz desequilibra su cuerpo al llegar a Plaza Nueva, pero su paso es firme y decidido. En sus ojos la penetración del Maestro, en su andar la majestad del Mesías, que anunció Habacuc: Su majestad cubre los cielos y la tierra se llena de su gloria. Si se detiene, hace temblar la tierra, se conmueven las naciones (Hab, 3, 4-6). Así vendrá, con gran poder y majestad (Lc 21, 27).

Le faltan otra vez las fuerzas. Jesús está extenuado. Ha caído una segunda vez y una tercera. El Realejo ha sido testigo. Tres Caídas, bajo el peso de la cruz; tres caídas que son ejemplo, para que el que caiga, se levante. Humano es el caer y divinamente humano el levantarse. Un hombre natural de Cirene, Simón de nombre, ha sido llamado para ayudarle a llevar la cruz (Lc 23, 26).

Pero no sólo al Cireneo; también a nosotros nos invita a tomar la cruz, porque así seremos sus discípulos (Mt 10, 38). El cuerpo de Jesús ya está cansado y tenso. Su dolorida espalda, con las heridas del flagelo aún no cerradas, se adapta a la rotunda linealidad de la cruz, apenas suavizada por el primor de la taracea. Jesús pasea su Amargura por la calle de San Juan de los Reyes, desgranando las últimas estaciones de su Vía Crucis.

En la calle de la Amargura
Cristo a su madre encontró.
No se pudieron hablar
de sentimiento y dolor.

* * *


El «rey de los judíos» ha llegado al lugar de la ejecución. Sobre el Gólgota se prepara el patíbulo. Los que venían detrás de Él se acercan. La primera, presurosa, María Magdalena, mientras un soldado del César le impide el paso hasta que se completen los preparativos. Jesús es Despojado de sus sencillas y sagradas Vestiduras. Los soldados romanos, entre mofas y temores, sortean su túnica, de una pieza sin costura. La Escritura vuelve a cumplirse: Se han repartido mis vestidos y echan suertes sobre mi túnica (Sal 22, 19).

Ya está dispuesto para apurar el cáliz, que sólo unas horas antes le inquietaba en Getsemaní. Sentado sobre una peña, desnudo, en medio del silencio que adopta la multitud expectante, mientras crucifican a dos malhechores, uno a su izquierda y otro a su derecha, Jesús medita. Es su Meditación la admisión sin reservas del destino del Hijo del Hombre, la suerte del Hombre-Dios, humillado hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2, 8). Esta es desde entonces el símbolo de los cristianos, que, con el Apóstol, sólo saben de Jesucristo y éste crucificado (1 Cor, 2, 2).

Ya no hay tiempo para la lamentación. Ya lo vaticinó el salmista: Me rodean como perros, me cerca una turba de malvados; han taladrado mis manos y mis pies y puedo contar todos mis huesos (Sal 22, 17-18). La cruz ha sido izada. Jesús se siente abandonado, tiene sed y le dan vinagre (Sal 69, 22), perdona a sus ejecutores, hace el bien a quienes le odian, bendice a quienes le maldicen (Lc 6, 27-28), en medio del dolor de su agonía. Los suyos se han retirado. Sólo quedan al pie de la cruz, arrodillada, la llorosa Magdalena y, desolados, de pie, María y Juan, el Discípulo Amado. La Sangre de Jesús corre por el madero hasta el Calvario. Con ella se sellará la maternidad universal de María. Parece que escuchamos su voz, cuando pasa junto al Jardín Botánico: Mujer, ahí tienes a tu hijo y, a Juan, ahí tienes a tu Madre (Jn 19, 26-27).

La figura de María, hasta ahora en segundo plano, de pronto se agiganta. Por nuestros ojos está pasando la secuencia de su vida, a la sombra del Maestro, que adquiere ahora su plena dimensión, desde el primer instante de su ser, desde su divina maternidad que canta la saeta:

Virgen de la Concepción,
Concha te llama tu gente
por amor y con razón,
que una perla hubo en tu vientre
que fue nuestra redención.

Y nosotros, sobreponiéndonos a la aflicción de ver, en su dolor, a esa mujer que se nos antoja «nacida para el llanto»

(S. Gregorio Nacianceno),

bendecimos su Inmaculada Concepción
y alabamos el divino misterio de la Encarnación;
esperamos en Ella, en Ella confiamos,
en su resplandeciente Caridad
en su maternal y virginal Merced,
en su dulce Victoria y en su Paz.

Porque Ella es Refugio de los cristianos,
porque tiene Remedios para nuestro mal,
porque es inagotable fuente de Misericordia,
delicada dispensadora de Amor y de Trabajo.
Sólo en Ella está la Salud,
sólo en Ella nuestra Consolación,
sólo en Ella la auténtica Esperanza,
el goce anticipado, la Alegría
de un Triunfo presentido a cada instante,
¡Bendito sea el Dulce Nombre de María!

La hemos visto pasear sus Penas
y, con Angustias de Madre,
reinar desde la Alhambra
y en los cuatro puntos cardinales
de los barrios de Granada:
Luz en el Zaidín,
Sacromonte en Valparaíso,
Reyes en el Albaicín
y, compendio de sus misterios,
Rosario por el Realejo.

Y la hemos vitoreado,
Aurora, Virgen bonita,
Estrella de la mañana,
¡sólo en Ti hizo el Señor,
Maravillas con su gracia!
Pero ahora, su figura se agiganta,
sola, sola, sola en el Calvario.
Ella apura su Amargura,
derrama sus dulces Lágrimas,
afronta su Mayor Dolor.
Porque Ella, la llamen como la llamen,
¡es la Virgen de los Dolores!

¡Ay, ay, ay!, que...
la Virgen de los Dolores
lleva el corazón partío
de ver a su Hijo amado
por negra muerte vencío.

* * *


La tragedia se ha consumado en la ladera del Calvario. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto, expiró (Lc 23, 46). ¡Sublime Expiración! El Hijo del Hombre muere por amor. Y las aguas del Genil reflejan el movimiento de su última convulsión sobre la rígida verticalidad de la cruz.

Todo se ha oscurecido, el velo del templo ya se rasgó. Y todos, llorando al que atravesaron, gritaron con el centurión: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15, 39), llorando al que atravesaron. Para que se cumpliera la Escritura -no quebrantarán sus huesos (Ex 12, 46)-, un romano ha descabalgado y con la lanza en la mano atraviesa su costado. Y al momento brota de él sangre y agua, ese agua bautismal que sacamos con gozo de la fuente de la salvación (Is 12, 3); fuente para la purificación del pecado y de la inmundicia (Zac 13, 1).

Mirad ese árbol de la cruz, mirad al que traspasaron (Zac 12, 19). Solo, muerto, roto. Sí, fue traspasado por nuestras maldades, molido por nuestros pecados (Is 53, 5). Desde la planta de los pies hasta la cabeza no hay en él nada sano (Is 1, 6), y sin embargo es fuente de salud -tal vez la primera de las riquezas-, porque en Él se cumple la Escritura: redimirá a Israel de todas las iniquidades (Sal 130, 8). Sí, Él es nuestra Redención, sobre inmaculado sudario, cuando atraviesa las calles de Granada, el puente sobre el Genil y las avenidas del Zaidín.

Miradlo en su desnudez, exhibiendo las huellas del suplicio. Mirad la silueta de su dulce y serena Buena Muerte, recortada sobre la nieve purísima de nuestra sierra. Ha impartido su última lección desde la cátedra del amor (Jn 15, 13), cuando avanza sereno y majestuoso por la Gran Vía.

Mirad su cuerpo inerte, su cuerpo ya relajado por el camino del Monte. Tiene los brazos abiertos, anchos como el horizonte. Para todos los cristianos, para prójimos y lejanos, para payos y gitanos, es el único Consuelo. Y su gracia ilumina la noche, porque las tinieblas no son oscuras para Él y la noche lucirá como el día (Sal 139, 12), porque en Él está la fuente de la vida y en su luz vemos la luz (Sal 36, 10).

Mirad sus cinco llagas, salpicando de rojo aquel Calvario. Su cabeza ya vencida a causa de nuestros pecados. Ya lo vaticinó Zacarías: ¿qué heridas son esas que llevas entre tus manos? Son las que recibí en la casa de mis amigos (Zac 13, 6). Pero mirarlo nos alivia, contemplarlo nos descansa. Tal es la serenidad de su estampa, iluminada por cincuenta luces, junto al Campo del Príncipe. ¡Es el Cristo de los Favores!

Mirad su rostro doliente, el ademán descompuesto. Con el rictus espantoso de la muerte nos susurra al oído. Al Cristo de San Agustín hay que contemplarlo despacio, pero sin mirarle a los ojos, en medio de un devoto y respetuoso silencio, por la calle de San Antón. Calla su boca entreabierta, para que hable la nuestra: Contra ti, contra ti sólo he pecado (Sal 51, 6).

Mas por la Carrera del Darro, el Silencio es ya sepulcral, gélido, helado. Hasta las aguas del río enmudecen. El cuerpo inerte es ya cadáver. Su frialdad se ve y se palpa. Es la muerte misma la que pasa. Igual al hombre en todo, hasta en la muerte (Flp 2, 7). Una muerte teñida de esperanza, abriendo entre los fieles senderos de Misericordia.

Sss... Silencio, Granada.
El sol se vistió de luto
y la luna se eclipsó.
Las piedras se quebrantaron
cuando el Señor expiró.

* * *


Unos santos varones, seguidores en secreto de Jesús, han pedido permiso para enterrar su cuerpo, porque cuando alguien se ajusticia en la cruz su cadáver no quedará en el madero durante la noche (Dt 21, 23). José de Arimatea y Nicodemo lo han descendido del leño, pero antes de amortajarlo lo han dejado en el seno virginal de María. Con lágrimas en los ojos, preguntándose por qué, la Virgen revive por unos instantes los días de Belén. Con suave cadencia, a ritmo costalero, lo acuna por los bosques de la Alhambra.

Y el candor de una paloma,
blanca fuente de esperanza,
se posa en la mano yerta
del Hijo y en la afilada
daga de los siete filos
que a nuestra Madre traspasa.
Son tus Angustias de Madre,
¡Reina Coronada de la Alhambra!

Pero pronto se lo quitan del regazo. Ha llegado el final; se ha esfumado toda esperanza. Cristo ha muerto como un malhechor, pues escrito está: Maldito todo el que es colgado del madero (Gal 3, 13). Fue contado entre los proscritos, a pesar de no haber cometido maldad ni haber mentira en su boca (Is 53, 9). Ahora a María sólo le queda en sus manos el sudario y sobre él la corona de espinas y las tenazas con las que se la han quitado. Y allí, en el Campo del Príncipe, contemplamos la Soledad de Nuestra Señora, apenas suavizada por un consuelo angelical.

Y, aún después, la vemos sola, en Soledad, en la ladera del Calvario. Sola, ante la cruz, con el corazón desgarrado. Sola con la mirada baja y las manos sobre el pecho. Madre solitaria pero dulce, triste pero amorosa, ¡Soledad del Calvario!

Juan, el Discípulo Amado, acompaña a los Santos Varones, en singular comitiva, llevando sobre una sábana el cuerpo muerto de Cristo, tras su Descendimiento. Los demás se han apartado, sólo le siguen en profundo duelo las santas y llorosas mujeres, María la Madre de Jesús, Salomé, María Magdalena y María la de Cleofás (Jn 19, 25). El luctuoso cortejo avanza por el granadino barrio de San Jerónimo.

No lejos de allí, en Plaza Nueva, hay un sepulcro nuevo, que aún no ha sido utilizado. Como es la víspera de la Pascua urge dar sepultura al cuerpo de Jesús. José de Arimatea se atreve a pedirlo y lo consigue (Mc 15, 42-43). Pero no hay tiempo para perfumarlo con la esencia de plantas aromáticas. Les basta con dejarlo en aquel sepulcro, que por suerte contemplamos como una urna de cristal: «Nunca tan adentro tuvo al sol la tierra».

Un profundo silencio ha inundado la ciudad, un viento gélido cae sobre la noche estrellada, una vez disipadas las nubes. El divino guión se ha cumplido hasta el final. Todos se retiran apesadumbrados: estoy encorvado, y en gran manera abatido, en luto camino todo el día (Sal 38, 7). Queda sólo un atisbo de esperanza en los ojos de la Madre, atisbo que ahoga el caudal de sus lágrimas. Sin hijo y sin esposo, sin rabino y sin maestro, pasea su pena contenida Nuestra Señora de la Soledad. Sólo Tú enseñas a soportar la soledad, aunque ¿cómo puedes estar sola, Señora de San Jerónimo, cuando te alaba toda la Creación?

Luceros de dos en dos,
estrellas de cuatro en cuatro,
van alumbrando al Señor
la noche del Viernes Santo.

***


El tiempo ha pasado muy deprisa. Es el Domingo, primer día de la semana. Aún con temor, muy de mañana, las mujeres se dirigen al sepulcro. Llevan en sus manos los frascos con esencias aromáticas. Magdalena se asombra: la losa que sellaba el sepulcro ha sido desplazada. Y no sólo ellas, también acuden Pedro y Juan. El sepulcro está vacío; cayeron, como fulminados los soldados romanos que montaban guardia.

Las mujeres intuyen que se han cumplido sus palabras: El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar (Mt 17, 23). Dos hombres con vestidos refulgentes, dos ángeles para nosotros, lo han aclarado de inmediato: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado (Lc 24, 5-6). No es Dios de muertos, sino de vivos (Lc 20, 38). ¡No lo han visto, pero saben que ha resucitado!

Pero nosotros, gracias a la mediación del arte, sí lo vemos. Exultante, Resucitado en Regina Mundi, elevándose grácil sobre el suelo, como andando sobre la mar; revestido de gloria, como en el monte Tabor; con el rostro brillante como el sol y las vestiduras blancas como la luz (Mt 17, 2). No quedan más que las señales de las llagas en su gloriosa anatomía. Él es el juez de los vivos y de los muertos (Act 10, 42).

Claro que lo vemos, cuerpo místico y espiritual, por los Vergeles, su gloriosa Resurrección alzándose sobre el sepulcro vacío de la caducidad humana. Espléndido, bendiciente, con un mensaje de paz para todos, transmutado por efecto de esa luz divina que derrama a raudales, incluso en el crepúsculo y en la noche granadinas:

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sólo su figura,
vestidos los dejó de su hermosura.

S. Juan de la Cruz

Y vemos a María compartiendo la gloria de su Hijo y su Maestro. Nos invita a gozar de su Alegría, porque su madre y sus hermanos no son otros que los que escuchan su Palabra y hacen la voluntad del Padre (Mt 12, 50), como los tres apóstoles de la caridad que flanquean sus respiraderos de plata. Corre presurosa, desde el sepulcro, anunciando la feliz noticia.

La feliz noticia... que es su Triunfo. Jesús es el nuevo Adán, el artífice de la Nueva Alianza (1 Cor 15, 22), pues ha convertido la muerte en vida, anunciando que quien con Él muera con Él también resucitará (Rom 5, 10).

Yo quiero ser el testigo
de tu amor y tu tormento,
sufrir con tu sufrimiento
y resucitar contigo.

Gonzalo Pulido

Sí, es el Triunfo de Dios, el Triunfo de Jesús, el blanco y esplendoroso Triunfo de María, con un cielo recompuesto de malla y plata, bajo el que danza la luz de su candelería, las veintiocho luciérnagas de sus brazos de cola.

Que lo proclamen las lenguas de bronce de los campanarios.

Que lo anuncie el agitar de campanillas en las manos infantiles.

Que lo aclamen los fieles del Señor, con gritos de Hosanna.

Desde Cartuja hasta la Alhambra, desde la Vega hasta los Vergeles, el Sacromonte, el Realejo, el Albaicín, la Granada de ayer, de hoy y de mañana.

¡Que toda lengua proclame que Jesús es el Hijo de Dios, vivo y resucitado! ¡Para siempre! ¡Para gloria de Dios Padre!

III

PERO NOSOTROS HEMOS VISTO SU GLORIA

Fe y sentimiento

¿Qué sensibilidad no tendrá un pueblo que es capaz de emocionarse con la belleza, de estremecerse con el dolor, de sobrecogerse ante la injusticia de la Pasión? ¿Qué profundas cualidades no tendrán quienes muestran el sentimiento a flor de piel, la compasión a punto de saeta, las piernas trémulas, la tez pálida, contenida la respiración y congeladas las lágrimas? Porque eso es lo que se ve y se palpa, lo que advierto cada año tras la anónima venda del capillo en la noche del Lunes Santo. Hay quienes llaman a eso «locura» -el amor sin locura no es amor-, locura que nos invade, como a nuestros padres o a nuestros abuelos.

La locura cofrade es capaz de transmutar la divina cordura, buscando siempre otra forma de trascendencia. Ser cofrade es conjugar los verbos sentir y creer, es aunar los nombres compasión y belleza, unir los adjetivos devoto y elegante. Y es que la verdad suele detenerse en la inteligencia, pero la belleza cautiva el corazón. Aún más, como quería Platón, sólo «la belleza es el esplendor de la verdad». El cofrade no suele hablar mucho de Dios, es cierto. No lo cree necesario. Prefiere verlo y escucharlo, admirar la majestad de Cristo y sufrir con el dolor de María, sentir antes que comprender. Ver pasar a Jesús... y acompañarlo. Decidme, ¿qué cosa es creer en Dios sino imitarlo?

Dejad que ahora, como si se tratara del último tiempo de una marcha procesional, mi voz discurra por las sendas más profundas y sosegadas del sentir cofrade. El cofrade no vive hoy -no puede vivir- de sucedáneos, de experiencias descafeinadas. Es urgente que se sacuda toda reticencia, todo complejo, toda mediocridad. ¿De qué tenemos miedo? ¿De que nos llamen locos o anticuados? ¿O tal vez de dejarnos llevar por caprichos intrascendentes?

Es urgente proclamar a los cuatro vientos la sencillez y profundidad de la fe de los cofrades, de su compromiso sin sofisticaciones. Qué bien lo expresa el cantar popular: «También Dios está en el viento, en la flor y en el alma del pueblo». Y nuestro pueblo sigue derribando muros y sigue pidiendo escaleras. Sencillo es lo verdaderamente grande. Sencilla era la fe del centurión y de la hemorroísa. Y sólo el Padre reveló sus cosas a gentes sencillas (Mt 11, 25). Al cofrade no se le puede juzgar sólo con la cabeza, sino también, y ante todo, con el corazón, como sólo Dios sabe hacerlo.

Por lo que representan, veneramos a las sagradas imágenes. Creo conocer su misterio: una divinidad profundamente humana -porque la humanidad es bella y cruel al mismo tiempo-, un sufrimiento tremendamente humano, como el nuestro, soportado únicamente por amor. Pero no todo quedó ahí, Señor. Quisiste quedarte cerca de nosotros; en ese milagro diario de fe y de amor que son tu cuerpo y tu sangre recibidos en comunión. Porque aún no satisfecha el ansia de tu amor, «te nos quedaste nuestro».

Y María, aquí en nuestra tierra, ya no va delante del Hijo como Madre, sino detrás y glorificada, como Discípula y Reina.

Tanta fue su perfección
y de tanto merecer,
que de Ti quiso nacer
quien fue nuestra redención.
No hay otra consolación,
vida mía,
sino a Ti, Virgen María

Juan del Encina

¡Vírgenes monjiles! Tú quieres, Granada, que María sea portera en la Encarnación, comendadora en Santiago, profesa en el Ángel Custodio, recoleta en el Corpus Christi, tornera en las Descalzas, priora en la Concepción y abadesa en S. Jerónimo (que es decir Sta. Paula). Y así no olvidarte nunca, Granada, de la Madre amorosa y de las monjitas que la guardan. Nuestras Vírgenes están hechas para indicarnos el camino, y los detalles cofrades se hicieron tan sólo para acercarnos a Ella.

Madre, yo quiero ir contigo
y junto a tu altar de Reina,
que sostienen doce varas
y cubre un cielo de sedas.

Madre, yo quiero ir contigo,
para así alumbrar tu cara,
plantado en tu candelero,
alto cirio, cera blanca.

Madre, yo quiero ir contigo,
quiero ser alegre llama
en candelabros de cola,
blanca flor sobre tus jarras.

Seré peana a tus pies,
y en tu corazón, la daga;
sobre tu talle, cintillo,
rostrillo, junto a tu cara.

Seré entre tus dedos, Madre,
rosario, pañuelo y ancla,
un encaje en tus muñecas,
en tu cabeza, una ráfaga.

Seré bordado en tu manto,
acanto de hilos de seda,
caracol, voluta o tallo,
cinta, greca, lentejuela.

Seré encaje y seré fleco,
seré plata y seré fuego,
¡ángeles manigueteros,
decidle cuánto la quiero!

Seré..., ¿qué más puedo ser
para ir junto a tu pena?,
¿tal vez tu fiel costalero,
bajo la trabajadera?

Con zapatillas y faja
-Madre, lo que Tú me pidas-
llevaré tu dulce carga
hasta el final de mis días.

Y cuando llegue esa hora
quiero que cojan tus dedos
ese martillo de plata
con que me llames al cielo.

En nuestros pasos cada cosa tiene su sentido profundo: el tacto del terciopelo es la caricia de una madre, la luz del cirio es la llama oscilante de nuestra fe, el pétalo de la rosa es el resumen de la Creación, la riqueza de la plata es la ofrenda del amor de hijos... Los enseres procesionales son como la alegría del vino en que se convirtió el agua de las bodas de Caná, son como el frasco de caro perfume derramado sobre los pies del Maestro.

Y de ese amor de hijos nace ese modo tan natural de acicalar a la Señora, de darle viveza y proximidad. Ayer vestida de dueña y de viuda, hoy de reina y de madre. Con ese placer de verla más radiante. De ver a una Soledad, ataviada de blanco, subir al Albaicín en rosario de la Aurora; de ver a una Paz luminosa, vestida de negro, en señal de luto por los difuntos. De ver a tantas Vírgenes vestidas de hebrea, de inmaculada, de mantilla, blanca o negra, según las circunstancias..., de ver sobre el vientre de la Virgen de la Esperanza, al llegar su festividad, la dulce y diminuta silueta del Hijo de sus entrañas.

Hermandad samaritana

Se engañan las cofradías cuando se acercan a las cosas y se alejan de las gentes. Tal vez esa sea nuestra falta, no reparar en que nuestros pasos son denuncias vivas, el anuncio de la liberación: «anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista» (Lc 4, 18). Cada hermandad es, por definición, «samaritana». La bolsa de caridad ya se me antoja pequeña; es la hora del voluntariado social. Ya no basta con dar, hay que darse.

Sólo el samaritano es capaz de ver al que yace, despojado, en el camino, a las víctimas inocentes de los atentados, a los desheredados de Afganistán y de todo el mundo, capaz de ver a nuestros vecinos magrebíes, cuyas endebles pateras se dirigen a nuestra «costa de la esperanza» (Enrique Seijas), a nuestros hermanos de Latinoamérica que sufren bajo la miseria. Sólo el samaritano ve en el hermano un don de Dios.

No se piden carnets para ingresar en nuestras cofradías o participar en sus manifestaciones, porque nada valen aquí las denominaciones de origen, cualificación o militancia. Se ha dicho que nuestra porción de viña es la de los alejados del Señor. Pero, ¿dónde están los alejados? ¿Acaso no somos alejados los propios cofrades? Así lo ponen de manifiesto estudios recientes como el Informe Cíngulo. Somos alejados cuando miramos a nuestros Cristos y a nuestras Vírgenes, pero, en nuestro egoísmo, no nos dejamos mirar por ellos. Admiramos su belleza, pero tal vez no escuchemos su voz que, ayer, hoy y mañana, resuena igual: «Haced lo que Él os diga»; «Toma tu cruz y sígueme».

Soñar es libre. A todos les está permitido, pues el hombre es también la suma de sus sueños y el sueño es expresión de su independencia. El cofrade sueña con la próxima Semana Santa mientras evoca la pasada. Sueña con el porvenir, ése que está en manos de nuestros jóvenes y, consiguientemente, de nuestra responsabilidad hacia ellos.

Confieso que en toda mi trayectoria cofrade no he aprendido tanto como cuando escucho expresarse a nuestros jóvenes, en ocasiones como el día de la Juventud Cofrade -que acertadamente promueve la Federación de Cofradías desde hace cinco años- o en amenas conversaciones en nuestra casa de hermandad. Sus ideas son siempre valientes y, ante todo, sinceras, porque la sinceridad es su más valioso patrimonio.

Dejadme ahora que me exprese con esa juventud que me niego a abandonar. Dejad que sueñe este sencillo pregonero.

Que sueñe con cofradías que hagan real la palabra hermandad, que sueñe con el final de divisiones y posiciones excluyentes, que sueñe con tertulias que pasen de la palabra a la obra, que sueñe con informaciones dispuestas a animar y a construir, que sueñe con más hermanos en nuestras cofradías, con más nazarenos en las estaciones de penitencia, que sueñe con hermanas en todos los puestos de responsabilidad de nuestras corporaciones... Os envidio, mujeres cofrades de Granada, porque sólo vosotras llegáis a sentir lo que sintió María.

Que sueñe, señor Alcalde, con una ciudad más comprometida y entregada a su Semana Santa. Me consta la ilusión con que el Ayuntamiento ha distinguido ya a algunas cofradías de penitencia, e incluso, y merecidamente, a destacados cofrades, como Antonio Sánchez Osuna, «capataz de capataces».

Pero hoy me atrevo a ir un poco más lejos. Hace unas semanas, vi en plena Judería de Córdoba una placeta rotulada con el nombre de Agrupación de Cofradías. Me alegró, pues siempre he creído que, en el universo cofrade que habitamos, las calles y las plazas, las cuestas y hasta las avenidas, se hicieron para que los pasos procesionales las pisaran y las imágenes las bendijeran a su paso, de la misma forma que también son testigos, en inhóspitas noches de invierno, del abnegado esfuerzo de nuestros costaleros y costaleras en sus ensayos, lejos de «pastilleos» y «botellones». Se ha dicho, y con razón, que ellos «salvaron» la Semana Santa de Granada hace unos veinticinco años. Con ellos y con ellas tiene una deuda insaldable nuestra Semana Santa y nuestra ciudad. Uno de esos largos y fríos bulevares donde ensayan bien merece ostentar, y así se lo pido, el nombre de «Hermanos Costaleros».

Dejad que sueñe con ver a la Soledad de Mora, hoy en un «paraíso cerrado para muchos», de nuevo en nuestras calles, arropada por el calor de sus cofrades. Dejad que sueñe con Jesús Nazareno en la Catedral, con la Virgen de la Merced en la plaza de las Descalzas, con sus cofrades en estación de penitencia, resucitando la palabra hermandad.

Dejad que sueñe con la explosión mariana de nuestros cofrades, en torno a sus Vírgenes, cargadas de historia -Esperanza, Soledad- o enaltecidas por el fervor de nuestros barrios -Aurora, Misericordia-. Déjeme que sueñe verlas, querido don Antonio, como reinas canónicamente coronadas.

Dejad, en fin, que sueñe con más casas de hermandad, con más cofradías convertidas en escuelas de solidaridad, que sueñe con el Centro Oasis terminado y funcionando, gracias a la generosidad cofrade.

Déjame soñar, Señor, déjame pedirte..., déjame, sobre todo, imitarte bajo el peso del madero, déjame seguirte... y Tú, ¡prométeme el cielo!

Pero la Semana Santa no es un espejismo ni un sueño frustrado. Que nadie pretenda engañarse y engañarnos. Los cofrades no somos hijos del paganismo. Y, sin embargo, sufrimos a menudo la incomprensión. Hay quienes nos acusan de tener una fe vestida solamente de nazareno, un cristianismo de incienso, capilla y procesión. Y hay quienes apriorísticamente menosprecian a las cofradías tildándolas de «poco cristianas», cuestionando su seriedad. Y es que somos diferentes, pero esa diferencia es también nuestro derecho.

Hay también un sector de la ciudadanía que nos mira con indiferencia, que denosta las procesiones, el ruido de nuestra música, la multitudinaria concentración de personas..., o que nos embarca en estériles polémicas, como la limpieza de la cera vertida sobre las calles, que es un asunto más para la buena voluntad que para el debate.

Ciertamente, nos queda mucho por hacer, pero no comprendemos a quienes nos han reducido a la categoría de estorbo, de devota incomodidad, a quienes se toman nuestras actividades y nuestros sentimientos a la ligera, a quienes reducen la Semana Santa a un negocio o la observan desde el prisma de su interés, a quienes han convertido la música procesional en música-disco o a quienes han exhibido el atuendo de nuestras Vírgenes en la frivolidad de una pasarela. Y hasta quienes utilizan la aglomeración de fieles para prender, en un simple juego de rol, la mecha del pánico. Hoy el cofrade ha de saber necesariamente dónde tiene los pies y la cabeza. Tal vez el cofrade sea un loco, pero no un «tonto de capirote». Quizás, escribía un columnista, «el nombre de Dios sobra en las bocas y falta en el corazón».

...Hasta el ocaso

Sois vosotros los que destruís todo espejismo, los que hacéis realidad ese ensueño que es la Semana Santa, vosotros los que despreciáis todo atisbo de parodia. Ahora sé que este pregón, que toca a su fin, iba dedicado a todos vosotros, cofrades de Granada; sólo vosotros lo habéis inspirado. Porque sois los que trazáis surcos y abrís puertas, los que cumplís las palabras del bueno de Miguel Ruiz del Castillo: «Hacer las cosas por las cosas, sin esperar la recompensa, que nunca las rosas reclaman su perfume».

Tan... tan... se clava en el viento
el grito de la campana.
¡Ay, cómo llora María
al Hijo de sus entrañas!

José Gómez Sánchez-Reina

Sólo para Ti, María, se engalana así Granada, en noches de Sábado Santo y en tardes de septiembre. Sólo para Ti se hace trozo de cielo, anticipo del edén y pórtico de la gloria. Sólo para Ti es cristal de escarcha, rayo de luz y repicar de campanas. Sólo para Ti, Granada se viste de Semana Santa.

«Mare mía» de las Angustias, ¿qué será de mí, si Tú me faltas?
Para Ti corté la flor temprana
de mi carmen, de la vega, de tu Alhambra,
para aliviar tu llanto, pues traicioné
a tu Hijo y olvidé tu nana.

Señora, tu pena ya no es tu pena,
hoy sé que es el negro dolor de mi alma.
Y tus lágrimas ya no son tus lágrimas
sino mi llanto, que sólo Tú calmas.

Tu manto, Madre, tu manto
es cobijo y es bonanza
y son sus dorados flecos,
suaves olas que me arrastran.
Tu corona imperial, Madre,
de oro, en tu sien colocada
por el fervor de tus hijos,
te hace reina de Granada.
La media luna a tus pies
es señal de tu victoria,
pues fuiste humilde en Belén
y hoy la ¡Reina de la Gloria!

Quiero posarme en tu rostro,
sólo por mí está enojado.
Quiero pararme en tus ojos
que sólo a mí están mirando.
Quiero poner a tus pies
mi nazareno entusiasmo.
Quiero quedarme en tu pecho
para arrancar las espadas,
y soy yo con mi traición
quien con más furor las clava.
Quiero asirme de tus manos,
que son manantial de gracia,
y que me mezan despacio,
despacio pero sin pausa.
Quiero, reina y soberana,
al igual que tu Hijo amado
poder quedarme dormido,
solo, sereno y mimado,
mientras me llevas al cielo,
recogido en tu regazo.

He dicho.

Modificado por última vez enJueves, 06 Junio 2013 06:32

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